Se puede ser más estúpido

74 terrores nocturnos

Posted in Ich by El autor on 08/09/2017

Terror. Esa sensación de miedo descontrolado, salvaje, innato, desquiciado, desproporcionado e inútil. Porque el miedo lo es. No vale para nada. No vale para conocerse a uno mismo, ni a quien te observa, ni al que te disfruta ni a quien te envidia.

El terror no sirve más que para asustarte. Porque no eres capaz siquiera de respirar con él.

Te roba el aliento, el aire, el pulso, el rollo. Joder, te lo roba y te lo corta. El terror… leerlo da susto, leerlo te lleva directo a una pesadilla o a un amor correspondido. Te lleva a una madre asustada, que no es capaz de descifrar tu amor entre tantos calcetines, camisetas y calzoncillos. Que no es capaz de entender cuánto la necesitas aún. Porque ni sabes contar, ni sabes “cuentar”, ni sabes dibujar, ni sabes la puñetera guitarra tocar. Porque no estás preparado para que se marche sin más. No puedes entender un adiós de quien te trajo de vuelta al mundo real. Porque no te fías de un doctor de la privada, porque es un negocio, porque es una carnicería más. Porque ahora más que nunca necesitas un hombro sobre el que llorar.

Llorar porque salga bien, porque todo siga igual. Llorar porque haya algo de médico en ese pedestal. Porque quede algo de médico en ese talonario, en ese quirófano, en ese viernes por la mañana que debiera ser sábado, o domingo; con ella en la cama, echando en falta un buen postre, una tortilla, o un directo de “Saber y Ganar”. Un “buenos días” un “cómo estás”. No me cuides más, cuidate tú, y no me faltes más.

No me faltes nunca más.

 

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Mayores de 65

Posted in Ich, Pablo by El autor on 22/08/2014

Nota del autor: Este texto supone el fracaso durante más de un año de llevar adelante una idea concreta, con un tema concreto y pensado en muchos ratos. Mayores de 65 quería hablar de las personas mayores. El abuelo se marchó y sentí la necesidad de convertirlo en un homenaje, pero dejé de ser capaz de escribir. Incluso pensé en lo más sencillo: transcribir mi libreta y mi Twitter de esas fatídicas horas en las que me despedí de él. Pero tampoco me atrevía a escribir las palabras más duras de mi vida. Se retoma el texto finalmente después de despedir a otra abuela y de querer convertirlo en un homenaje a todos los abuelos. Gracias por su paciencia.

——

¡Vaya por Dios! Tengo una zanja delante de mi portal. ¿Y ahora, qué?

El pan olerá a polvo. Eso seguro. El exquisito pan recién hecho del viejo obrador va a oler a mezcla. Qué asco. Toda la vida tragando lodos y barros, conseguir jubilarse junto a una panadería con productos frescos para salir de casa y tropezar mortalmente. La gente se muere delante de su casa.

¿Quién entiende a los nietos? Sus padres no, nunca lo harán. Invertirán toda su vida en ello, pero de nada servirá. Quizás es por ello que hay un vínculo que rompe el espacio-tiempo, saltando generaciones y con ellas prejuicios y fobias, que juega a la experiencia y al primer estímulo. A la necesidad de adaptación que la trepidante vida nos obliga. Cuando se va un abuelo, cuando se marcha una abuela, la mismísima tierra se abre ante tus pies, enterrando años y recuerdos delante de ti.

La muerte del pobre se parece muy poco a la del rico. Bueno, realmente la muerte se parece, pero ni de lejos el proceso previo ni el ritual posterior.

El año volvía a terminarse. Y es que así parecía que fuese. Un mismo relato contado incontables veces. Otra Nochevieja. Los días se parecen los unos a los otros, se intercambian entre sí. Cuando te resulta difícil recordar tu nombre, las semanas empiezan a ser demasiado raras para que resulten cómodas.

Las abuelitas solitarias se reúnen cada tarde en el porche acristalado de la casa; mecidas en la sobremesa televisiva, solo el paso de algún vehículo dominguero o una eventual visita consigue traerlas de vuelta de nuevo.

Parece un metro vacío, pero aquella niña sonríe mirando de un lado a otro de la estación. Sus calcetines largos y su vestido a juego (nunca sé qué va a juego con qué), sus canciones infantiles y ese continuo diálogo que mantiene con las paredes me hipnotiza por un momento.

Me montaba en el metro de mi ciudad por segunda vez en mi vida. La primera para mi padre, que me acompañaba. Yo bromeaba con él, por el hecho de que habíamos llegado a ver en vida un metropolitano en la ciudad y él recordaba con dolor que el abuelo no lo había podido ver. Pese a haber sido testigo desde su balcón de las faraónicas obras del suburbano.

Las navidades en casa del abuelo.

Había pocas cosas que le gustaran más al abuelo que el crepitar de los leños en la chimenea. Podía pasar horas observando cómo la madera se consumía en el sublime espectáculo del fuego. Pocas cosas más que regar un jardín, que trabajarlo día tras día, que hacerle la merienda a cualquiera de sus nietos.

A él le debo mi amor por el ferrocarril; nunca olvidaré el Talgo Virgen del Carmen que me regaló. Un Ibertren de la escala HO que sigue conmigo, y que fue el comienzo de la fascinación que hasta hoy mantengo hacia ese medio de transporte. Y hacia casa del abuelo iba ayer mismo en metro.

Dos meses después de comprarme la cámara de fotos de mi vida, compañera de trabajos, de proyectos, de fiestas e ilusiones; fui a enseñársela a él. Empezaba a descuidarse su cerebro a la hora de contarle ciertas cosas que acababan de pasar, pero gozaba de total autonomía para deambular por casa. Entonces me dijo, tras alabar mi nueva herramienta:

—Te voy a regalar una cámara. A lo que yo respondí que acababa de comprar una, que estaba muy cubierto en ese asunto. No obstante hizo caso omiso a mis palabras y salió del salón. La siguiente imagen que recuerdo fue la de él volviendo con una Polaroid 600, con la que décadas antes me había retratado. Antes de su marcha fue la última gran sorpresa que le dio a alguien muy falto de ellas.

Puedo pasear cerca de ti a cualquier hora. Aunque sabes que ya no voy  a la plaza tanto como antes.

Hoy vi a una nieta llorar desconsoladamente. Ni siquiera los terroríficos sonidos hidráulicos de la máquina que posicionaba el féretro de su abuela lograban acallar ese llanto que provenía desde su mismísima alma. Me dieron ganas de abrazarla, como hice con su tía una hora antes, y con su abuelo, a quien también dedico este esperpento.

Me vi a mí, te vi a ti, nos vi a todos ante ese momento con el que se fabrica el mal. Esa impotencia, ese “se acabó”, ese adiós sin réplica, ese temblor nervioso. Esa negación hacia la mismísima vida, esa rabia tonta, como si no supiéramos que ocurría.

Mientras, en los despachos, los abuelos son un estorbo, pero un buen saco de votos.

Dice la leyenda que los abueletes habitan por siempre las obras que sufrieron durante sus últimos años de vida, esas que les convirtieron en infierno la visita a la panadería, o la excursión a la “parada provisional” del autobús. Quizás por eso los mayores de 65 miran tanto las obras. Quizás no estén controlando a los peones, sino buscando su nuevo hogar.

[Precaución: cierto contenido erótico] Excitándote durante 7 kilómetros (y 100 metros)

Posted in Ich by El autor on 27/06/2014

Te montas en el bus. Va muy lleno, te sientas atrás, cerca de mí. Siento el impulso irrefrenable de rozarte, de rozar ese pelo cobrizo, y de lamer el frío metal de tus piercings. Ya me tienes en tu oreja, susurrándote al oído cuánto tiempo llevaba esperando algo así. Nadie se da cuenta. Mis labios atrapan el lóbulo perforado de tu oreja, y la traviesa y húmeda punta de mi músculo más capaz comienza a rozar tu pabellón auditivo. Lamo tu orejita de la forma más suave e inesperada, y puedo notar como tu respiración se acelera, más cuando mi mano se desliza por tu cuello en busca de tus pechos. Nadie se da cuenta.

Desciendo con mi boca hacia tu cuello, por fin lo tengo delante. Te beso. Mis labios están también húmedos, presos del ansia, del deseo; te beso y te muerdo levemente. Tu piel se eriza al sentir los primeros roces de mi lengua sobre ti. Tu respiración acelerada da paso a unos primeros e incontrolables jadeos que coinciden con el momento en que las yemas de mis dedos se posan sobre tu pecho, agarrándolo con las mismas dosis de delicadeza y firmeza. Sientes cómo te agarro y cómo mi lengua sigue recorriendo tu cuello y eso te puede, intentas relajarte pero ya es demasiado tarde. Tus músculos se tensan y es a ti a quien el ansia empieza a secuestrar. Nadie se da cuenta de nada. Hemos recorrido dos kilómetros ya y no más de 20 centímetros de tu piel: las cuentas no salen aún.

Vuelvo a tu orejita, vuelvo a susurrarte. Te susurro lo mucho que me excita dedicarme a tu placer, lo mucho que disfruto de cada poro de tu erizada piel, con el único objetivo de hacerte jadear con más intensidad, para dirigirme a tu boca y besar levemente la comisura de tus labios. Nadie se da cuenta, muerdo tu labio inferior, lo atrapo entre los míos, lo succiono dulcemente y nuestras bocas comienzan a fundirse en un largo beso. Nuestras lenguas se rozan por fin, se entrelazan tímidamente, como presentándose, y juegan juntas a esto del placer al tiempo que mi mano ya se ha deslizado bajo tu camiseta y está rozando tu pecho desnudo, tu pezón erizado, duro.

Sientes un escalofrío recorrerte desde la nuca hasta el coxis. Comienzas a notar cómo tu humedad es más que evidente. Me agarras del pelo con fuerza y me sacas de tu boca para decirme lo húmeda que estás. Eres una tramposa; por suerte siempre me gustaron las trampas, solo por la satisfacción de evadirlas. Pero quién querría escapar de esta trampa que lleva tu nombre. Nadie se da cuenta de nada y tú tomas mi mano y la deslizas por tu vientre. Abres tus piernas y la llevas entre ellas, bajo tu falda. Me miras con picardía y maldad y me muerdes la oreja. Me susurras:

—Esto es para ti.

Comienzo a rozar tu sexo sobre tu ropa interior, la humedad trasciende esa braguita de franquicia del encaje. No lo puedes evitar y te contoneas sobre tu asiento, jadeando en mi oído y sintiendo cómo mi otra mano juega en tu nuca, enterrando mis dedos en tu pelo y acercando tu boca de nuevo a la mia. Hemos recorrido 7 kilómetros.

La siguiente parada es la mía y no sé cómo decirte que me tengo que ir, que tengo que salir. Sigo en el asiento de la ventana y tú sigues en el de pasillo, contoneándote, mordiéndote el labio inferior completamente excitada. Con tu piel blanquecina, tu minifalda escocesa y perdiendo los papeles con ese Whatsapp que te está derritiendo por dentro. Y nadie se entera de nada a excepción mía, que he sido testigo de cómo te excitabas durante los últimos siete kilómetros y 100 metros.

Y yo… yo sin hacerte nada, y deseando hacértelo todo.

Cinco

Posted in Du und Ich, Ich by El autor on 19/01/2010

La rima cruel, los dedos de Dios. El número máximo de horas que puedes dormir al lado de la persona que te atrae infinitamente sin tratar de hacerle el amor. También son las veces que he tratado de comenzar este texto y, por extensión, actualizar regularmente un blog.

No estoy hecho para la rutina, lo siento, no valgo para un “de ocho a tres”. Aunque puedo hacerlo, quede constancia, pero si puedo evitarlo, lo evito. Hoy por ejemplo, mi jornada laboral empezó pasadas las 22 horas, y aún cuando perfilo estas líneas, 04:30 a.m., no ha terminado.

Si hay un patrón que no falla a la hora de buscar pareja es el coche de tu madre. Si ella/el tiene un coche del mismo color y modelo que tu madre, que no se te escape. A la hora de buscar una madre para nuestros hijos, en cambio, no debemos fijarnos en cosas tan superficiales como un modelo de coche…

Cómo encontrar a la madre de sus hijos:

No la busque, aparecerá ella sola.Es más sencillo por tanto que preparar un buen café. Si aún así la respuesta no le convence e insiste en buscarla, atienda a estos aspectos:

La madre de sus hijos no puede cansarle la vista, debe hacer justo lo contrario. Sus ojos, por tanto, han de ser aquellos que lleven su vista al infinito (o más allá). Si usted una mañana se cansa de mirar esos ojos, esos hijos no son suyos, pues ella no es la madre de sus hijos.

La madre de sus hijos jamás le hará daño.

Seguramente digan palabras al unísono sin entender muy bien por qué; no tema, eso se llama sinapsis sincrónica y no la recoge ningún libro de Ciencias aún. Simplemente tienen el modo inalámbrico conectado.

Una vez usted la encuentre, no se preocupe, en ese momento todo se irá al carajo. Porque si hay algo que no falla a la hora de medir la consecución de un objetivo es el siguiente estado de disonancia que nos invade. Las dudas y el terror a lo cotidiano. Sí, el terror al desgaste, al traspiés, al paso en falso, al error y al dolor. A eso, y a no pocas cosas más, es a lo que nos enfrentamos cuando los planes salen bien. Pero cuando nada tiene que ver con un plan y todo lo que ocurre es puro azar, atracción y química, entonces las probabilidades se multiplican en progresión geométrica.

¿La solución? El hurto. Robar ideas, valores y situaciones. Robar chistes y expresiones es el mejor antídoto para olvidar nuestros temores. ¿Debo recordarles que los gansos heredarán la tierra?

Cuatro cucharaditas de aquello

Posted in Ich by El autor on 11/01/2010

– Así que esa es tu receta para hacer el mejor café del mundo.

– Sí. Sencilla, ¿no?

– Delicioso.

Tomó un último sorbo, recogió sus cosas y se fue. Mientras el sonido de su coche la alejaba de mi casa volví a pensar en aquello que me había ocupado horas de reflexión la noche anterior: por qué.

Antes de continuar me permitirán confesarles el gran problema (o uno de tantos grandes problemas) que tengo con la sociedad. Mi cerebro retiene siempre mejor los nombres de las mascotas que el de las personas. No pregunten, simplemente es así. Me cuesta mucho menos recordar a Terry, el perro de Andrea, si pienso en aquel viejo spot; que recordar a Nacho, ese insolente niño de papá que conocí aquella noche.

Dicho esto, debo confesar que olvidé el nombre de esa mujer, que no me importa, que ella sólo me recordará por mi café, que dejará de ser mío porque ahora ella sabe la receta. Por ello, y antes de que la sangre llegue al río, la compartiré con ustedes.

Cómo preparar un (buen) café:

Hay que comprar una cafetera o al menos tener una que pueda hacer café. Una cafetera que puede hacer café es aquella que prepara café en lugar de mierda. Una cafetera que no puede hacer café es todo lo contrario.

Hay que tener café. El café es uno de los dos elementos que mejor procesan en Colombia. Es de color marrón oscuro y para prepararlo hay que molerlo. Antaño había caramelos de café en forma de verdaderos granos de café que estaban deliciosos. El café, en Málaga, se pide de muchas maneras diferentes, dependiendo de la cantidad de leche y/o café que contenga. De más a menos tendríamos un café “solo”, que como su nombre indica, es simplemente café. Llamamos “cortado” a ese delicioso café manchado con unas gotas de leche fría. Pasamos al “mitad” que es un café con leche a partes casi iguales. Dentro del mitad existen matices como largo o corto, el mitad largo llevará más leche mientras que el corto carecerá de tanto mamario elemento. Sólo quedan dos: el “sombra” y “la nube”. Ambos tienen ya poco café, siendo “la nube” el rey de los cafés escasos. Menos café que una nube es ausencia de café.

También necesitamos agua. Existe la posibilidad de hacer con leche en lugar de agua el café soluble, pero esta modalidad ya tiene unas instrucciones mucho más breves (e inexactas) en el dorso del recipiente.

Yo uso una cafetera italiana, que dado el tiempo que lleva en esta ciudad, sólo su diseño posibilita que alguien no la confunda con otra malagueña más. Tiene tres partes. Un depósito de agua, un filtro que parece un embudo de base plana con multitud de agujeritos y otro depósito, para el café, que vendría a ser un recipiente con un cilindro central taladrado en su parte superior, por donde el café saldrá y nos hará feliz.

Se llenará de agua hasta la marca que veremos claramente. Se usará agua del grifo. El agua mineral es una maravilla, pero el café es una bebida de perdedores, el agua pura no le hará ningún favor. Oh, el lector asiduo bebedor de café se ha sentido muy ofendido. Los no perdedores también beben café, estén tranquilos estos. Pongamos el filtro sobre el depósito y llenémoslo de café, sin apelmazar, juegue a dibujar con la cuchara sobre él. El jardín zen es una mala copia de este paso del proceso. Enrosque el depósito del café (aún vacío) en el depósito del agua con el filtro lleno de café. Lo suficientemente fuerte para que la cafetera no explote y lo suficientemente suave para que no se lesione al desmontar la cafetera para su limpieza (la de la cafetera, no invente).

Esta cafetera se ha de tratar con más cuidado que el ídolo que hizo a Indiana Jones huir de una roca gigante. Por ello, la sujetamos del mango (que lo tiene) y la acercamos al fuego. Las cafeteras pueden calentarse con cocinas de gas, vitrocerámica e inducción aunque para estas últimas, algunos modelos más antiguos necesitarán una superficie de contacto, pues la inducción trabaja con un tipo de microondas y magnetismos que pueden no calentar una cafetera más antigua.

A fuego muy muy lento o potencia baja en nuevas cocinas eléctricas, el agua comienza a calentarse hasta que la presión consigue que suba, pasando por el filtro, haciéndose uno con el café y llenando por fin del mismo el depósito superior. Cuando está listo, será aire lo que salga del cilindro superior, así que su sonido delata el café recién hecho. Es un sonido característico que nunca se olvida. Nosotros, estaremos atentos al proceso, lento y pausado, y nos comprometeremos a retirar del fuego la cafetera unos segundos antes de que termine de subir todo el café. Con ello ganaremos aún más calma en el café, que saldrá con menos fuerza al final, que sacrificará unos despreciables mililitros en beneficio de un sabor suave y aromático único.

Por qué. Seguía disfrutando de mi buen café y pensando nuevamente en todo aquello que, ya saben, me había ocupado horas de reflexión la noche anterior.

Por qué ella, igual que muchos de ustedes, aun sabiéndose única genéticamente, sabiéndose única intelectualmente, había decidido comprarse un llavero. Por qué, de hecho, no paramos de comprar accesorios para “definirnos” si nuestro nombre, apellidos, grupo sanguíneo, ideología y formas de brindar sexo oral ya nos convierten en únicos. Sómos veraderos huéspedes de las marcas, somos el soporte publicitario más efectivo, más barato y más estúpido. Repito, se puede ser más estúpido. Voy a olvidar su nombre, pero no en cambio su llavero. Porque esas cosas no se olvidan. No se olvidan los llaveros, las pulseras, las chapitas o los sombreros. Por eso los compramos, porque aun perecederos, duran más que nuestros nombres. Por eso no nos importa llevar zapatillas fabricadas por niños, porque sabemos que cualquiera de nosotros no podría hacerlas mejor que ellos.

Tres millones de besos

Posted in Du und Ich, Ich by El autor on 09/01/2010

Castos y puros, ¡ya sabes! No, en serio. Vamos a empezar por uno, luego por otro y después por otro. Ya tendremos tres. Sólo quedarán dos millones, novecientos noventa y nueve mil, novecientos noventa y siete para que mi retorcido plan concluya. Serán besos de buenas tardes, de buenas noches y te aseguro que también habrá de buenos días. Serán con prisa, serán excitados, nerviosos y tiernos. Serán pausados, sutiles y gamberros. Serán de vaca, algunos sí.

Pero no sólo de besos vive el hombre. También pienso buscar tu carcajada, tus labios y toda tu piel. Llegaré a las yemas de tus dedos y haré que olviden el frío para siempre. ¿Para siempre? quizás no así, porque ya sé que adoras el frío.

Llenaré tu cabeza de canciones, llenarás la mía de otras tantas. Marcaré el 091 cuando quiera: es gratis. Escribiré el número suficiente de mensajes para colapsar la mermada memoria de mi teléfono de gama base, mi teléfono indestructible y con linterna. El batmóvil empieza por seis; pobre Robin.

Este es el post de la ilusión, así que no me llames iluso porque te cante una canción.

Atrapado en el espacio, donde se repiten una y otra vez las órbitas alrededor de tu sol. Voy a rebuscar en todas las estrellas, porque seguro que encontraré algo de ti en la superficie de alguna de ellas. Luego voy a enseñarte mis logros y también mis fracasos. Acertaré un montón, y se me escaparán decenas de matices, pero te voy a decir una cosa:

No voy a venderte la felicidad eterna porque no creo en ella. Debo incidir no obstante en que los pequeños momentos que pases a mi lado, todos, intentarán ser los mejores de tu vida.

Si te gusta este post: tres de tres. La estadística no falla, dice Montse (mi madre).

No soy más que otro más

Posted in Ich by El autor on 07/01/2010

Siempre lo piensa.

Se levanta, vuelve a recuperar su entidad, frota sus ojos y mira sus manos.

Son sus manos.

Eres tú.

Otro día más, en la vida de otro más.

No es diferente, bosteza como todos los demás.

Se mira al espejo, inventa tres muecas, se burla de sí mismo. Es otro, otro más.

Por suerte al salir piensa que es diferente, que llegará mucho más alto, que nada se le resiste, que nada es imposible. Lo que ignora, porque en el fondo lo sabe, es que también ese es el pensamiento de los demás.

Claro, todos son igual de especiales que usted, todos odian madrugar como usted. Todos odian la rutina hasta que se cansan de las vacaciones. Usted no es diferente, lo siento. No es más que otro más.

Felicítese, ahora sabe algo más que los demás.

Reyes magos

Posted in Ich by El autor on 05/01/2010

Suena retórica la idea de comenzar el blog de un republicano con un post en el que aparece la palabra “reyes” pero es cinco de enero.

Esto es un blog más, si busca algo diferente a los lamentos de un ser deforme, podrá encontrarlo en el buscador más laureado en 2010. Sirva por tanto como presentación este beta-post.

Cosas que me asustan: los rayos, como a los galos.

Cosas que me excitan: cierta música.

Ahora que vivimos en la nube, más en el suelo debo tener mis pies. Eso me molesta, porque no me gusta tener que llevar la contraria al mundo constantemente y, la verdad, en la corriente se está más cómodo. Me río de aquel que hablara por primera vez del “desafío de la hoja en blanco”. Era bien torpe.

Para escribir sólo se necesitan dos cosas: soporte y dolor. La euforia nunca fue buena consejera, nos hace escribir más rápido, y hace que nuestro sistema circulatorio haga verdaderos estragos en nuestros ojos y articulaciones. Hay que tener calma, hay que hacerlo de manera pausada y perdiendo absolutamente el miedo a la rectificación. Créanme: borrarlo todo, una y otra vez, quemarlo o eliminarlo, no nos privará de la gloria eterna porque ese retazo ya la habrá alcanzado por siempre.

Hay que escribir con frío, con odio hacia las propias palabras (pero nunca a la correcta dicción) y hacia el hecho de vomitar nuestros sentimientos sobre el soporte. Hay que mirar hacia arriba, porque la inspiración nunca viene de arriba, y solo así lo descubriremos. Tendrá que pensar en sus padres y en todo lo que no quiere que ellos lean. Puede esperar a su muerte pero tampoco así se garantiza la gloria eterna. Le salió bien a Manrique y a muy pocos más.

Si en cambio se pretende escribir ficción, lo único que ha de hacer es entrevistar a su vecino. Nadie podrá creer semejante vida. Nunca revele sus intenciones, en el siglo XXI hay todo un engranaje alrededor de los derechos de autor que conseguirá endeudar a los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos. También puede no tener hijos jamás pero ¿quién no querría ser el mejor padre del mundo?

Intente mantener sus pies fríos y su cabeza caliente. Enferme. Siéntase débil, intente ser odiado y amado a partes iguales. Juegue a Cluedo y no gane, se disfruta más de la euforia ajena.

Hoy es cinco de enero de 2010. Hoy vendrán los únicos reyes elegidos por el pueblo: los concejales disfrazados.

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