Se puede ser más estúpido

76 correos no deseados. Fuego y tinta.

Setenta y seis correos no deseados. Todos míos. Aquella mañana de fuego y tinta. La segunda de cuantas mañanas de cuantas semanas el cuerpo aguanta. Aquella mañana intercambié fuego por tinta. Aún no sé quién salió perdiendo. Con la tinta pudiera haber escrito cuantas sensaciones revolvieron a mí sin previo aviso, entre asépticas poses e inaguantable desesperación. Como la consulta de cualquier médico más enfermo que todos sus pacientes juntos.

Y ahí estaba frente a la dueña de todas sus libretas. En términos prácticos de la misma manera que le había dejado ella hacía nueve años. Hecho una uténtica mierda. Algo o alguien que parecía auténtico hasta que descubrías que todo era un fraude, una fachada. Facha viene de fachada, ¿no?

Alguien que vivía un cuento, una fantasía. Alguien que con tanto insomnio tras su sombra no puede más que acabar perdiendo el sueño en algún momento.

Dicen que el amor es loco. Y hay locos que aman como locos, y eso, en ocasiones es delito. Delito de locos. Eso es lo más poético que puede decirse de ciertos tipos de amor.

Calle Amores.

Cumpleaños total. Familia de verdad. De sangre, tabernas, pesares y bondades. Soplar una vela y desear que todo permanezca igual. Jam republicana y reencuentro con mi mar. Con mi mar de amores. Con mi mar Mediterráneo.

La dueña de sus libretas agradeció la intención de crear un momento divertido. Un gesto. Una firma. Quizás para dejar a la jueza constancia de su presencia en un mar recuerdo, mal recordado y peor descrito.

Hablando del amor estábamos. Si funciona, no lo toques, como dicen los técnicos. Y si no falla es que aún no lo has tocado del todo. Como dicen los técnicos electrocutados.

transcripción.

Antes de que se vaya la reina de la pista dale medio pollo.  – Quizás me gusten mucho las mentes, esa incertidumbre de entender o no algo tan simple, sin darme cuenta. – Se me sale el pecho cada vez que te veo. Se me sale el pecho. Papel, azúrcar. Spaguetti. Preguntó a a la dueña de todas sus libretas. Búscame en el SPAM. Ella. Tras la firma.  “Ha acabado en una bien, pura y digna vida. Se alegra por lo de digna. A él solo le falta el Sms. Todo lo demás lo ha probado todo. La reina de la DGT le habla. Le dice que la deje tranquila. No le gustó despedirse de un cuñado. Soy la libreta y puedo morir. No al libro electrónico. La libreta se rebela. Las fotos se revelan.

ImproSession en el ojopatio del patio de luces. Sueño. Suelo. Espejo. Timbal. Guitarra y voz. Siesta y una libreta vacía. No sabe cuántos años lleva sin tener nada que decir.

Sin embargo yo elegí fuego. En este curioso juego en que se convirtió volver a revivirlo todo 48 horas después y llegar antes que nadie al futuro Velvet. Y solo verte entre las calles como ese recuerdo suspendido como nieve que se desliza sobre hielo. Culebrillas nerviosas. Anguilas eléctricas recorriendo mi cerebro. Recuerdos y acordes que solo los flashes que configuraba el técnico de luces de la nueva sala y Daft Punk pudieron controlar.

Y sin embargo yo elegí fuego en nuestro trato. Y mientras me terminaba de liar mi penúltimo cigarrillo del día y descubriendo una vez más que fumaba, me percaté de que no tenía cómo encender aquel primer cigarrillo de la mañana. Ahí empezó el trato y se terminó de sellar cuando, desesperado, se levantó en medio del bus pidiendo un bolígrafo y para mí fue inevitable darle el mío. Y la tinta fue de él. Y no le dejé devolvérmela. Cuando una tinta se entrega ya no ha de escribirse de nuevo con ella. Toda mi tinta es suya ahora.

Una anciana volvía a desvanecerse en el autobús. 35 minutos al sol dentro de un vehículo lleno de personas sigue siendo letal para una persona anciana en pleno siglo 21. Hace 20 minutos que he dado mi tinta y no puedo escribir sobre lo que está ocurriendo.

Piden desesperado un médico, o alguien que sepa qué hacer mientras el chófer y sus maniobras convierten al pasaje en una ambulancia de unas 50 toneladas en medio de un mar de coches frente a la dársena de Aduana.

El contestador de todas aquellas compañías telefónicas finalmente me hizo más caso y me acompañó más que dos doctores juntos el día que me desmayé en ese inmundo autobús tercermundista lleno de pobres de derechas. Y dos médicos. Y ninguno se levantó, porque el bus iba en marcha. Es complicado desamayarse en un autobús nórdico matriculado en cualquier otro lugar.

Ella puso su rúbrica sobre la octava libreta y la tierra firmó con lava al otro lado del planeta.

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Commodore 64

Posted in Entorno social y su evolución histórica, Pablo by El autor on 27/01/2013

Nunca olvidaré aquel juego mítico de cinta, jugable bajo Commodore 64:

“Allá donde el sol nunca se pone, en el efervescente Al-Andalus, controlado por el Gran Griñán, maestro de Eres; tú serás un miembro de su casta y tu largo esfuerzo y sacrificio serán reconocidos, previo monstruo final, con los “te quiero” de su también casta hija”.

Nunca vi peor contraportada para un videojuego. Y resulta que al final ni príncipes ni dragones, a veces reyes de dialéctica inflamable, y mucha burocracia medieval. No creas joven lector que jugabas cuando tú querías: no. La cinta debía ser reproducida.

Sí, niños. Ni Internet, ni deuvedés, ni disquetes. ¡Cintas! Las únicas cintas que podéis usar hoy están en el gimnasio o en algunos aeropuertos y estaciones.

Había muchas cosas que ya no volverán en bastante tiempo. También es curioso que mientras algunas cosas se marchan para siempre, otras no hacen más que volver a ti. El vómito es una de ellas. Y no os mentiré jóvenes lectores: estos días están siendo de náusea.

El agua se compra y se vende, jóvenes lectores, pero hubo un momento en que el líquido elemento se consideraba un derecho innato al ser vivo.

Nos reuníamos a espaldas de los mayores para conectar las máquinas que nos hacían felices. Los mejores gráficos, los mejores guiones, los cuelgues y los “records”. Joder, chavales, antaño los juegos (de máquinas o tablero) molaban mucho más. Había más ganas de hacer historia que de hacer caja. Antes, los videojuegos habían de poderte sorprender durante más de una hora. Ahora la mayoría de las aplicaciones a las que la gente juega a todas horas no suponen más que una concatenación de pequeños impulsos y sensaciones que se iteran in crescendo en frecuencia y dificultad.

Eres un ingeniero, poniendo a prueba a toda una camada de bebés panda robóticos. Algo falla en el maldito laboratorio de nanorobótica molecular y los bichos se mosquean.

Los recreativos están en nuestro propio bolsillo. Nos han hecho unos “jugones”, unos apostadores al fin y al cabo. Todos los días esos mutantes pasean su miseria por la ciudad, el lobby de la pena, la lástima, la condescendencia. Esos ciegos venden la ilusión, como si la ilusión pudiera comprarse, como si tuviera precio.

Digamos que desde Eurovegas no creo que el azar sea la industria que necesitamos.

Juegos viejos. Juegos de personas.

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