Se puede ser más estúpido

Una laguna de 6,7 metros de profundidad

Posted in Uncategorized by El autor on 26/04/2014

Mediodía. Mediodía del tardío. Son las 15.00, o deben serlo. No sé dónde está mi reloj. Mi teléfono no ha sonado en toda la mañana, debe estar sin batería. Puedo saborear restos de tabaco, acohol y kebap. Me doy verdadero asco. Estoy desnudo. Estoy desnudo y abrazado a mi exmujer. ¿Cómo he llegado aquí? Duerme plácidamente, igual que cuando nos amábamos.

Bien, muchacho, ya sabes cómo funciona esto: todas las películas de robos supersofisticados y espías soviéticos te han enseñado a huir de una cama sin despertar a tu compañera. Es el momento de poner en práctica todos esos sutiles movimientos de serpiente y buscar tus pantalones.

Suelo ser muy ordenado, no me gusta dejar rastro y si no me equivoco debería encontrar mi cuaderno, mi bolígrafo, mis tarjetas de transporte, mi reloj, mis monedas y las llaves en algún rincón de la habitación. En el mejor de los casos, aún en mis pantalones.

Salgo de la cama. Acabo de pisar un preservativo. Lo siento, chicos: calle sin salida. Lamo mis dedos con la poca saliva que hay en mi lengua. Me froto los ojos. Ahora me pican más pero puedo ver con cierta claridad. Sigo sin recordar cómo he llegado aquí. Ni siquiera sé dónde estoy. Mi exmujer cambia de casa como de bragas; incluso más.

Le doy los buenos días a una mujer en el portal. Me mira con desprecio. Mi apariencia es lamentable. Creo que lo que más le molesta es el hedor a coño que emana de mi barba. Ese olor no se va con facilidad. Tampoco es fácil llegar a él pero ahí está. Espero no tener que saludar a nadie de camino a casa.

Ya sé donde estoy. Al menos estoy en mi ciudad. Camino hacia el oeste. Hay una estación de bicicletas cerca. Me veo con fuerzas. El paseo me despejará. Echo mano de la tarjeta bicicletera. Sale un pequeño cartoncito de mi bolsillo con el nombre de un garito y el número de una chica. Entiendo que es la relaciones públicas. No hay sitio para escribir más. Lo tiro en la primera papelera que encuentro.

Empiezan a llegar flashes de anoche. Intento encajar las piezas. Repaso la noche hora tras hora, paso tras paso. Recuerdo risas, conversaciones, reencuentros, mensajes tardíos. Me duele la cabeza, el esfuerzo es grande. Daría mi vida por unas gafas de sol.

Tengo lagunas de casi 7 metros de profundidad en las que nadan huérfanas mis conversaciones y andares de la noche anterior. Lagunas que ahogan besos, miradas y sonrisas. Lagunas con prohibición expresa de baño. Lagunas llenas de remolinos donde encallan mis recuerdos. Puede que mi cuaderno me ayude a reflotar algunos. No es una tarea sencilla. Cada uno de esos recuerdos hundidos yacen en el fondo de la laguna como algas carnívoras, esperando el despiste del submarinista. Cada uno de esos recuerdos podría atraparme y ahogarme.

Hay lagunas que es mejor mirar desde la orilla.

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