Se puede ser más estúpido

Sesenta y seis excusas para mi editor

Posted in Uncategorized by El autor on 25/03/2014

Decidí hacer un catálogo de frases para ofrecerle a mi editor en sus llamadas semanales. Eran una suerte de excusas, frases hechas y pasajes de mi cuaderno de notas (sí, lo estaba malacostumbrando con esa obra de arte).

Casi nunca me respondía mal, y nunca le oí renunciar a este proyecto. Pero me sabe mal saberlo tan brillante, y a mí tan vago.

Algunos ejemplos:

1. Es una mierda muy desagradable.

12. No creo que nadie quiera malgastar un minuto de su tiempo en leer esta porquería desordenada.

25. Ya sabes que no puedo trabajar bajo presión.

44. Son demasiado malas, de verdad.

20. En serio tío, iba a ser una historia sobre dos señores que se peleaban por los derechos de los antiguos pensionistas y los nuevos.

38. Se está convirtiendo en un funeral.

14. No he escrito nada nuevo, no…

51. Está haciendo muy mal tiempo, ¡qué quieres que te diga!

8. A ver, lee las que ya tienes y elige los dibujos.

27. Estoy haciendo otras cosas, ya sabes.

32. Nadie como yo quiere esa basura en la calle, pero ¿sabes? Aquí arriba ya no mando yo.

46. Imagina un museo en las obras de una infraestructura enorme, con décadas de construcción inacabadas. Pues ahí se desarrolla la…

65. Pero qué va, no sale. ¿Sabes? Ese capítulo parece una cabina. Se lo traga todo. ¡Jajajaja! ¿Nos convierte eso en una sociedad cabina? La gente traga con todo.

33. Ya sabes que la melancolía no ayuda.

17. “Mi problema con las mujeres es que cada día me vuelvo un poco más insoportable.” Y ya sabes que me gustan las mujeres. Exacto, son como la luz del sol para los poros de mi piel.

Un día se dió cuenta. Cometí el error imposible, el error tonto, el paródico… Leí el número que precedía a la excusa. Saltó la liebre. Como un presidente de gobierno inepto, leí fuera de mis propias acotaciones. No eran frases, ¡joder! De repente había descubierto todo el pastel.

Una lista ordenada de comentarios que mezclaba con la misma soltura con la que un teleoperador hipoteca a un abuelo con un producto que le perseguirá hasta el subsuelo.

No se lo tomó del todo bien, claro, pero supo valorar el esfuerzo previo. Vino expresamente a casa para ver la lista con sus propios ojos. Trajo cerveza y pistachos. Adoraba las tardes con mi editor.

Eran señal de que escribía.

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