Se puede ser más estúpido

Frente a la puerta de embarque 46b

Posted in Du und Ich, Ich by El autor on 20/09/2010

Odio conducir un carrito de la limpieza. Odio que este carrito se haya convertido en lo único con ruedas que puedo conducir (sí, tambien tengo prohibidos los carritos de supermercado). Odio esta mopa mugrienta que podría rellenar quinielas ella sola si la sacaran de este aeropuerto. Odio a la gente que no sube la tapa antes de orinar. Odio verla a ella, acercándose a la puerta de embarque 46b.

Sí, así es. Conseguí este trabajo de mierda justo en el momento en que te miraban mal si hablabas de lo mierda que es tu trabajo, aunque fuera la mayor mierda. Conseguí este trabajo y lo hice por amor. Por amor a la mierda, podrían pensar ustedes. No, por amor a ella. Porque ella tiene un billete de solo ida y la única estúpida manera que se me ocurrió de pedirle matrimonio fue la de calzarme este uniforme de empleado de la limpieza. ¿Absurdo? Era la única manera de cerciorarme de que realmente cogía ese avión, o de que, por el contrario, lo perdía.

En serio, mi plan es infalible. Tengo un huevo “kinder” en mi bolsillo. Dentro de ese huevo kinder está el huevo amarillo que contiene la sorpresa. Pero no es una sorpresa cualquiera ya que me he encargado de meter el precioso y jodidamente caro anillo de compromiso en él. Incluso de maquetar e imprimir unas instrucciones en las que puede verse una mano y otra portando el anillo, con indicaciones claras sobre el dedo donde debe ir el susodicho.

Mi plan sería infalible, rectifico. ¿Por qué tiene que haber avisos de bomba siempre que intento pedir matrimonio a alguien? Ella y todo el pasaje acaba de ser evacuado en mis propias narices y en una dirección que no alcanzo a distinguir entre tanta muchedumbre. Por supuesto ningún empleado de seguridad ha tenido la deferencia de mirarme siquiera a la cara. Sólo soy el chico de la limpieza. Prescindible.

Mientras todo esto revienta o no, al menos puedo estar convencido de una cosa: hoy no voy a utilizar el cartel de advertencia de piso mojado.

45 acordes robados

Posted in Ich by El autor on 13/09/2010

No parecía importarle a nadie el pésimo estado del piso. Nadie se fijaba en los ceniceros llenos. Pasaba desapercibido incluso el cartel de “cerrado”.

Aquel local era lo más parecido a un taller de reparaciones que el hombre civilizado ha conocido. El viejo pianista ante el flamante piano tocaba de nuevo las mismas canciones que había tocado durante las últimas tres décadas. Tampoco importaba. El público no quería nada nuevo; siempre lo de siempre, con hielo y mucha melancolía.

Enrique no entendía por qué seguía limpiando vasos si nadie soltaba el suyo. Tampoco de dónde salían los vasos limpios, mojados y calientes. Cuando pasas media vida haciendo lo mismo, el mundo acaba por pasar también desaparecido.

El cliente siempre tiene la culpa. Sobre todo cuando el cliente es esa chica rubia de sonrisa diabólicamente sugerente. Esa que viene agarrada del brazo de un hombre distinto cada día. Esa del lunar en la comisura del labio, de los ojos negros como el centro del ébano y de labios rojos, rojos como una fresa suicida.

La última noche que “El gondolero” abrió sus puertas, Enrique se acercó a la entrada con un cigarrillo negro entre sus dedos. Observó durante unos segundos el exterior, el “mundo de fuera”. Suspiró y ajustó con precisión su pajarita blanca. Miró a Cristóbal y con un leve gesto de muñeca le comunicó que podía empezar a tocar.

Aquella noche desapareció el cartel de “cerrado” como desapareció el vodka. No de la misma manera, claro, pero sí con la misma rapidez.

Ella volvió como cada noche pero esta vez sin compañía. Se acercó a la barra y pidió un San Francisco, lo de cada noche pero con más desdén. Solo había una cosa que excitara más a Leonor que disfrutar de la imagen de Enrique trabajando para ella…

Sus celos.

Pero aquella noche Enrique era un hombre libre. Y no hay nada más peligroso que un hombre libre. Aquella noche no secó un solo vaso, no hizo ninguno de sus famosos y respetados cócteles, no atendió el teléfono ni respondió preguntas acerca de los resultados deportivos. Aquella noche en la que el cartel de “cerrado” ni siquiera estaba en su sitio no cerró el local.

Hacía falta algo más que valor para cerrar aquel sitio y apenas le quedaban convicción y mucho amor propio.

Cruzó el marco de la puerta y miró hacia atrás por última vez. Las lágrimas en los ojos de Leonor, las risas enfermizas de los clientes habituales y el rostro triste y desgastado de Cristobal; tocando esos últimos cuarenta y cinco acordes robados.

Muchos dijeron que huyó. Él insiste: simplemente abandonó.

44 noches antes

Posted in Entorno social y su evolución histórica by El autor on 07/09/2010

Él estaba en la barra de aquel chiringuito y ella intentaba  cambiar el mundo. Ambos discutían sobre la inversión de los polos magnéticos y la miseria que suponía pasar la ITV a todos sus coches de lujo.

Era para ellos la manera más divertida de pasar las tardes de domingo: parecer una pareja de excéntricos adinerados y grabar las reacciones de los demás clientes del local. Pero antes de eso habían ocurrido un montón de cosas irrelevantes que ahora conocerán…

Leonardo estaba nuevamente ante su espejo. Como cada noche de viernes (y todas para él lo eran) tomaba una necesaria y profunda ducha. Hay tres maneras de ducharse, básicamente: uno puede darse una ducha rápida (roll-on, en inglés), una ducha normal y una profunda ducha. La ducha profunda, lejos de parecer una cualidad obscena supone un verdadero ritual de saneamiento integral. Nada es lo suficientemente exagerado cuando de prepararse para salir de marcha se trata.

El mejor de los geles, una dosis generosa de champú y una búsqueda sin descanso de toda la suciedad que la calle ha impregnado sobre nosotros y que volverá a impregnar tan sólo doce minutos después de cruzar el umbral de la puerta. La limpieza en la parte trasera de nuestras orejas supone también un detalle fundamental a tener en cuenta en esa ducha profunda.

Tras apartar todo el vapor condensado en el espejo y agarrar su peine de bolsillo todo parece transformarse. Leo sigue en su cuarto de baño pero el catálogo de miradas y frases ingeniosas suponen un tratamiento personal para su autoestima. Leo es un especialista del flirteo frente al espejo. Una pena que las chicas lleven el suyo en el bolso.

Elena nunca lleva espejo en su bolso, no lo necesita. Es especialista en pintura urbana; cualquier retrovisor le vale para terminar de pintarse. Odia maquillarse y por eso nunca lo hace antes de salir de casa, siempre fuera.

Elena además detesta la conversación de los hombres desconocidos pues un 120% de ellos se acerca a ella con el propósito de mantener relaciones sexuales y eso, a ella, le parece un atrevimiento. “Cuando quiera sexo, seré yo la que lo busque”, sostiene.

Elena y Leonardo frecuentan los mismos bares, y se conocen. Son unos des-conocidos: desconocidos que se devolvían miradas y cruzaban bromas en las barras de todos aquellos antros. Incluso habían compartido alguna que otra sustancia de dudosa legalidad en los exteriores de los tugurios mencionados.

La mañana está resultando interminable. ¿Son las 9 de la mañana aún? Definitivamente quiere cambiar su vida y va a empezar por un café con leche, un “pitufo” mixto y un zumo de naranja recién exprimido. Se acabó la fiesta, la nocturnidad, las resacas y los gritos de mamá.

Así, sentado en la terraza de la cafetería más cochambrosa de la ciudad (porque la calidad de un desayuno es inversamente proporcional a la limpieza del establecimiento), Leonardo pensaba en cómo afrontar esa mañana de lunes. Un montón de currículums imprimidos minutos antes esperaban ser repartidos de manera indiscriminada por toda la ciudad.

Estaba hecho, se había tomado el café, el pitufo y el zumo y ahora se sentía como un verdadero superhéroe. Lástima que su sexto sentido no estuviera aún desarrollado del todo pues le habría concedido cierta habilidad para esquivar a la versión diurna y frenética de Elena, que cargaba con una gran caja de cartón llena de objetos antiguos sacados de la casa de sus abuelos. El impacto fue inevitable.

– ¡Hostia! ¡Lo siento!

– ¡Joder! Bueno va, no pasa nada…

Elena tenía más prisa que rabia dentro de sí. Lo que no salvara, quedaría embargado. Entonces sus miradas se cruzaron y todo por un momento pareció detenerse. Se miraron fijamente, ambos sintieron un cortocircuito parecido al amor. Lo sufren todas aquellas personas que se conocen bajo los focos de un pub pero que nunca se han visto a la luz del día. No sólo no se reconocen sino que saben que se conocen y esa intriga y frustración por la incapacidad de relacionarlo todo les lleva a un estado de breve ira.

Es a lo que algunos llaman el síndrome del vampiro diurno.

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