Se puede ser más estúpido

Cuatro giros sobre un mismo eje (el 41)

Posted in Du und Ich, Ich by El autor on 04/08/2010

Cuando la compañía de teléfonos se enteró de todo, ya era demasiado tarde.

Aquella mañana estrenaba sombrero. Si algo había en el mundo que le mantuviera absorto e hipnotizado durante horas, ese algo era sin duda la visita a la sombrerería «El Cid» y los largos ratos de conversación con su dueño. Aquel era sin duda el caballero que mejor sabía vestir sombrero con la fortuna, además, de que su pasión por tal arte le confería un don único para dar a cada cabeza su complemento perfecto.

El sol picaba, picoteaba la piel con cada gota de sudor y aquel periódico gratuito ya se estaba desintegrando. Ya en la estación, el recibidor cubierto y climatizado dio tregua a su deshidratación acelerada. Hoy había sido más puntual de lo habitual por lo que se decidió a beber un botellín de agua en la cafetería frente a los andenes.

Aquella mañana había madrugado mucho. Él solo madrugaba en dos supuestos: o bien Ella preparaba café, o había carreras en el viejo canódromo. A veces, estos dos supuestos coincidían. Pero si Ella hacía café, jamás él sería capaz de ganar en las carreras. Sólo valdría para escribir o atender el invernadero.

A quién se le ocurrió la extraña idea de organizar carreras de gárgolas robóticas era algo en lo que a él no le gustaba nunca pensar. Cada vez que recordaba el esfuerzo de todos sus ancestros por mimar a todos esos distinguidos galgos y asistía a esas artificiales e insulsas competiciones no podía menos que indignarse. Aunque estuvieran haciéndole rico.

Ya en el vagón y tras el control rutinario de billetes se encontró con Frank, su socio. Se sentó frente a él, junto a la ventana.

– Las apuestas vuelven a estar cuatro a uno.

– Lo he leído en la estación. Seguiremos la hoja de ruta habitual.

– He oído que los federales están muy atentos… habrá que tener cuidado.

– De eso me encargo yo.

Las carreras de gárgolas se diferenciaban de las viejas carreras de galgos en muchos aspectos. El primero de ellos era la duración del espectáculo. En las primeras mangas, la gárgola más rápida se clasificaba para la gran final. Las gárgolas corrían y corrían hasta que se quedaban sin combustible en esa última carrera. Los trucajes estaban penalizados pero eran una constante y suponían el verdadero encanto de la competición.

Y allí, en la taquilla, volvía a repetir el ritual de cada carrera. Sólo tenía que apostar por la gárgola perdedora y el destino haría lo demás. El destino y por supuesto aquel impulso electromagnético que fundiría a las demás gárgolas a su paso por una de las curvas del viejo canódromo.

Cuando pensó en las dos primeras hipótesis que le valieron el título de doctor («el niño es el mejor producto» y «si hay un canal de comunicación abierto nunca se ha de cerrar»), simplemente volvió a sonreír.

Había vuelto a ocurrir. Se había quedado dormido. La alarma de su despertador sonó a la hora prevista y fue desconectada por un acto reflejo del dedo pulgar, el índice; la pelvis, cuello y cabeza y había conseguido volver al estado de semiconsciencia (me costó escribir la palabra consciencia). Mi padre me llama, sigo con lo del madrugón en seguida.

En ese estado descubrió que su madre se acercaba cual escualo en alta mar por lo que se apresuró a abrir con energía sus ojos con el fin de que ella le viera «despierto y preparado para moverse de su cama». Ella abrió la puerta y le miró fijamente a los ojos. Él le devolvió la mirada. Su madre volvió a abandonar la alcoba. Él había ganado.

Supongo que el secreto para que no importe el final de un cuento es que éste sea interesante.

David y las marionetas.

Lo de siempre, un niño feliz. David llama marionetas a toda esa gente que tiene la suerte de practicar paramotor. Ciertamente están colgados de varios hilos y flotan, siendo poco dueños de su destino más inmediato. La familia de David se va hacia casa, pero antes, un familiar más mayor se acerca al niño, separado de la manada y absorto por el espectáculo del cielo.

– Pues yo quiero verlas- David confiesa a su ancestro.

– Es que no se ven.

– Pues yo quiero verlas- repite más triste.

Pues nada, yo te las dibujaré.

El familiar sentencia. -Tengo en casa un regalo para ti- sorprende al chaval con esas 7 palabras.

– ¿Qué es? ¡Dame una pista!

– Es una bola… ¡que tiene luz!

– ¿Sí? ¡Eso a mí me encanta! – el niño regocija desmesuradamente, poniéndose incluso nervioso. Intenta explicarnos a todos los presentes que en casa hay un regalo para él y consiste en una esfera que tiene luz.

Esto pasa cuando dejas tu cuaderno para que alguien escriba y dejan un hueco en medio de una página, desperdiciándose espacio pero dando una segunda oportunidad a ese trozo de papel en el futuro. Son realmente los mensajes que llegan del futuro, si lees la libreta cronológicamente. Escribes en rojo lo que acabas de vivir y luego lo cuentas en tu blog. Al final el 41 va a venir cargadito.

Por supuesto ninguna de las gárgolas acabó destruida, los federales apostaron duro por aquella carrera y un disparo certero acabó con toda la elegancia de su sombrero y, por supuesto, con la mayoría de las conexiones de su cerebro. No pudo por tanto introducir la clave correcta en el dispositivo que regularía la intensidad del impulso.

Consiguió que todos los teléfonos del canódromo enviaran un sms de control al sistema que saturó los servidores pero les habría hecho ricos. Todas las redes de telefonía pasaron a ser inútiles en un par de segundos.

Egun on, buenos días, guten Morgen. ¿Estás despierta?

Por tanto, y sabiendo que no es nada original que después de una historia maravillosa todo haya sido un sueño, han de saber que leen una declaración de cariño.

Y es que, gracias a ti, a veces, todo parece un sueño.

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