Se puede ser más estúpido

Cuatro cucharaditas de aquello

Posted in Ich by El autor on 11/01/2010

– Así que esa es tu receta para hacer el mejor café del mundo.

– Sí. Sencilla, ¿no?

– Delicioso.

Tomó un último sorbo, recogió sus cosas y se fue. Mientras el sonido de su coche la alejaba de mi casa volví a pensar en aquello que me había ocupado horas de reflexión la noche anterior: por qué.

Antes de continuar me permitirán confesarles el gran problema (o uno de tantos grandes problemas) que tengo con la sociedad. Mi cerebro retiene siempre mejor los nombres de las mascotas que el de las personas. No pregunten, simplemente es así. Me cuesta mucho menos recordar a Terry, el perro de Andrea, si pienso en aquel viejo spot; que recordar a Nacho, ese insolente niño de papá que conocí aquella noche.

Dicho esto, debo confesar que olvidé el nombre de esa mujer, que no me importa, que ella sólo me recordará por mi café, que dejará de ser mío porque ahora ella sabe la receta. Por ello, y antes de que la sangre llegue al río, la compartiré con ustedes.

Cómo preparar un (buen) café:

Hay que comprar una cafetera o al menos tener una que pueda hacer café. Una cafetera que puede hacer café es aquella que prepara café en lugar de mierda. Una cafetera que no puede hacer café es todo lo contrario.

Hay que tener café. El café es uno de los dos elementos que mejor procesan en Colombia. Es de color marrón oscuro y para prepararlo hay que molerlo. Antaño había caramelos de café en forma de verdaderos granos de café que estaban deliciosos. El café, en Málaga, se pide de muchas maneras diferentes, dependiendo de la cantidad de leche y/o café que contenga. De más a menos tendríamos un café “solo”, que como su nombre indica, es simplemente café. Llamamos “cortado” a ese delicioso café manchado con unas gotas de leche fría. Pasamos al “mitad” que es un café con leche a partes casi iguales. Dentro del mitad existen matices como largo o corto, el mitad largo llevará más leche mientras que el corto carecerá de tanto mamario elemento. Sólo quedan dos: el “sombra” y “la nube”. Ambos tienen ya poco café, siendo “la nube” el rey de los cafés escasos. Menos café que una nube es ausencia de café.

También necesitamos agua. Existe la posibilidad de hacer con leche en lugar de agua el café soluble, pero esta modalidad ya tiene unas instrucciones mucho más breves (e inexactas) en el dorso del recipiente.

Yo uso una cafetera italiana, que dado el tiempo que lleva en esta ciudad, sólo su diseño posibilita que alguien no la confunda con otra malagueña más. Tiene tres partes. Un depósito de agua, un filtro que parece un embudo de base plana con multitud de agujeritos y otro depósito, para el café, que vendría a ser un recipiente con un cilindro central taladrado en su parte superior, por donde el café saldrá y nos hará feliz.

Se llenará de agua hasta la marca que veremos claramente. Se usará agua del grifo. El agua mineral es una maravilla, pero el café es una bebida de perdedores, el agua pura no le hará ningún favor. Oh, el lector asiduo bebedor de café se ha sentido muy ofendido. Los no perdedores también beben café, estén tranquilos estos. Pongamos el filtro sobre el depósito y llenémoslo de café, sin apelmazar, juegue a dibujar con la cuchara sobre él. El jardín zen es una mala copia de este paso del proceso. Enrosque el depósito del café (aún vacío) en el depósito del agua con el filtro lleno de café. Lo suficientemente fuerte para que la cafetera no explote y lo suficientemente suave para que no se lesione al desmontar la cafetera para su limpieza (la de la cafetera, no invente).

Esta cafetera se ha de tratar con más cuidado que el ídolo que hizo a Indiana Jones huir de una roca gigante. Por ello, la sujetamos del mango (que lo tiene) y la acercamos al fuego. Las cafeteras pueden calentarse con cocinas de gas, vitrocerámica e inducción aunque para estas últimas, algunos modelos más antiguos necesitarán una superficie de contacto, pues la inducción trabaja con un tipo de microondas y magnetismos que pueden no calentar una cafetera más antigua.

A fuego muy muy lento o potencia baja en nuevas cocinas eléctricas, el agua comienza a calentarse hasta que la presión consigue que suba, pasando por el filtro, haciéndose uno con el café y llenando por fin del mismo el depósito superior. Cuando está listo, será aire lo que salga del cilindro superior, así que su sonido delata el café recién hecho. Es un sonido característico que nunca se olvida. Nosotros, estaremos atentos al proceso, lento y pausado, y nos comprometeremos a retirar del fuego la cafetera unos segundos antes de que termine de subir todo el café. Con ello ganaremos aún más calma en el café, que saldrá con menos fuerza al final, que sacrificará unos despreciables mililitros en beneficio de un sabor suave y aromático único.

Por qué. Seguía disfrutando de mi buen café y pensando nuevamente en todo aquello que, ya saben, me había ocupado horas de reflexión la noche anterior.

Por qué ella, igual que muchos de ustedes, aun sabiéndose única genéticamente, sabiéndose única intelectualmente, había decidido comprarse un llavero. Por qué, de hecho, no paramos de comprar accesorios para “definirnos” si nuestro nombre, apellidos, grupo sanguíneo, ideología y formas de brindar sexo oral ya nos convierten en únicos. Sómos veraderos huéspedes de las marcas, somos el soporte publicitario más efectivo, más barato y más estúpido. Repito, se puede ser más estúpido. Voy a olvidar su nombre, pero no en cambio su llavero. Porque esas cosas no se olvidan. No se olvidan los llaveros, las pulseras, las chapitas o los sombreros. Por eso los compramos, porque aun perecederos, duran más que nuestros nombres. Por eso no nos importa llevar zapatillas fabricadas por niños, porque sabemos que cualquiera de nosotros no podría hacerlas mejor que ellos.

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