Se puede ser más estúpido

Borrador rápido nº 73

Posted in Uncategorized by El autor on 09/03/2017

Como se dice en estos casos,
disfruta de eso mientras dura.
Más dura será la caída,
como se dice en estos casos.

De eso que te mantiene en vilo.

Hasta que no haya más, a lo que de.
Más dura será la caída
No te olvides de que nunca fue:
hasta que no haya más, a lo que de.

Con piedras se marca el camino.

Como se dice en estos casos,
agua que no corre no mueve molino.
No te olvides de que nunca fue,
y que tu métrica del caos…
… embriaga más que el vino.

Siete pastillas y dos sobres

Posted in Du und Ich by El autor on 08/03/2015

Breve introducción a la locura crónica asistida.

Estamos en una habitación a oscuras. Sentados. Una voz se dirige a nosotros en medio de la más oscura nada.

– ¿Dónde está la ventana?

Hacemos un esfuerzo sobrehumano para responder con solvencia esa pregunta, preguntándonos a nosotros mismos de quién es esa voz.

– No lo sé. A mi derecha… no, detrás de mí. No lo sé, no lo tengo del todo claro. No con seguridad.

Desorientación.

Motocicletas poderosas y sinuosas carreteras comarcales a principios de los 80. Ahora estamos en el roqueo del astillero de jábegas. Ella toca la guitarra, tiene una voz preciosa; está cantando una canción revolucionaria.

Los mejores años fueron esos, no hay duda.

Carlos de Haya. El símbolo del mal. Su nombre evoca una dictadura represora y cruel, especialista en la erradicación de toda idea contraria o crítica a base de maltrato y manipulación psicológica de la masa, exhibiendo y asentando en el imaginario común todos los símbolos y héroes creados para tal fin.

Allí una artrosis degenerativa se la está llevando. Es inhumana nuestra fecha de caducidad.

El magnate ha llegado a la terraza. Quiere celebrar una comunión. La más fastuosa celebración de la costa. Quiere los 400 metros cuadrados de la terraza. Quiere la pista de baile, los jardines, los ficus, las yucas, las palmeras y los pinos. Quiere los billares, los futbolines; quiere los videojuegos, y te lo dice comiendo unas avellanas de tu máquina. Son cinco duros. Cacao.

Es el dueño de las tragaperras de toda la provincia, y en plena expansión. Le ha gustado el sitio y te hará una oferta que no podrás rechazar.

Si algo echas de menos es poder comerte un buen plato de cuchara.

Puede que sea la medicación, o quizás mezclarla con alcohol, pero el pulso lo has perdido. Eso y la memoria. No sabes qué están haciendo contigo exactamente, pero sientes cómo todo se va borrando, en voz baja, y te das cuenta de ello cuando empiezas a buscar, a revolver tus recuerdos en busca de algo en concreto.

Parece que alguien ha abierto esos cajones y lo ha desordenado todo. Y parece que se está llevando algo. Ni siquiera puedes comerte una porción de pizza sin que los champiñones acaben en cualquier sitio menos en tu boca.

La noche del secuestro estaba muy enfermo. Querían robar en una obra. Me amenazaron con un cuchillo enorme.

La lluvia vuelve al paseo y sorprende al vendedor de rosas. Lleva elegantes zapatos y pantalón negros y una camisa de rayas blancas sobre negro. Ni finas ni gruesas, rayas blancas sobre negro.

El reclamo perfecto para el ejecutivo agresivo que intenta ligar entre la barra y la máquina de tabaco. Ese es un insensible.
Volviendo al vendedor… Su corbata es rosa. Sus rosas son rojas, reales y envueltas en lámina de plástico transparente. Hoy están más frescas que nunca.

La gomina es impermeable y crea unos enigmáticos microsurcos donde se aloja el agua de lluvia. No se puede vender así. A menos que el fotógrafo hoy tenga uno de “esos días”.

“Pero es que hoy te amo, y esta tarde me imaginaré saciando a tu mejor amiga.” -Adivinen-

La locura respetada suele ser realmente cordura ingeniosa y aventurera, pero no locura. La locura real se pudre en los bares del pueblo.

Arroyo de los ángeles. Un enrejado me separa del mundo exterior. Quiero un cigarro. Alguien está fumando en un radio de 500 metros. Estoy convencido. Aqui está, y aquí. No paran de pasar fumadores y yo quiero un cigarro. ¿Tiene un cigarro? ¿Me da un cigarro?

Están fumigándonos como a cucarachas. No sé con certeza de quién depende, a quién se le ocurrió la idea y de qué demonios se trata pero estoy convencido de que es malo, y que, entre otras cosas, buscan controlarnos. Podrían ser alienígenas, podrían ser castristas, o testigos de Jehová. Alguien está fumigándonos. Aun así hace una mañana estupenda.

Odio las aerolineas, las odio a todas por igual. Odio los aeropuertos como todo Internet. Aeropuertos en Internet si, Internet en aeropuertos… Quiero un cigarro. Uno electrónico. Quiero el cigarro electrónico con más megapíxeles que tenga, y lo quiero ahora. Pagaré al contado, vengo de Andorra, soy del PP y me suda todo la polla.

De noche no hay ozono. Bueno, hay, pero en unas proporciones inferiores que de dia.

Yo nunca he tenido un cuaderno. Dicen que así fue. Mienten. Todos mienten a mi alrededor. Lo del cuaderno es lo de menos. Era una librartera y eran momentos de los demás, nada de eso me pertenecía, ¡Dios me libre! Yo nunca he tenido un cuaderno. Acabé 5 de ellos antes que esta historia y sigo sin cuaderno.

Y mañana volvemos a empezar. Me tomaré estas siete pastillas, me beberé estos dos sobres. Me miraré al espejo después de lavarme la cara. No me reconoceré, no por mi enfermedad, no, sino porque el que era yo yace muerto ya hace rato.

Mayores de 65

Posted in Ich, Pablo by El autor on 22/08/2014

Nota del autor: Este texto supone el fracaso durante más de un año de llevar adelante una idea concreta, con un tema concreto y pensado en muchos ratos. Mayores de 65 quería hablar de las personas mayores. El abuelo se marchó y sentí la necesidad de convertirlo en un homenaje, pero dejé de ser capaz de escribir. Incluso pensé en lo más sencillo: transcribir mi libreta y mi Twitter de esas fatídicas horas en las que me despedí de él. Pero tampoco me atrevía a escribir las palabras más duras de mi vida. Se retoma el texto finalmente después de despedir a otra abuela y de querer convertirlo en un homenaje a todos los abuelos. Gracias por su paciencia.

——

¡Vaya por Dios! Tengo una zanja delante de mi portal. ¿Y ahora, qué?

El pan olerá a polvo. Eso seguro. El exquisito pan recién hecho del viejo obrador va a oler a mezcla. Qué asco. Toda la vida tragando lodos y barros, conseguir jubilarse junto a una panadería con productos frescos para salir de casa y tropezar mortalmente. La gente se muere delante de su casa.

¿Quién entiende a los nietos? Sus padres no, nunca lo harán. Invertirán toda su vida en ello, pero de nada servirá. Quizás es por ello que hay un vínculo que rompe el espacio-tiempo, saltando generaciones y con ellas prejuicios y fobias, que juega a la experiencia y al primer estímulo. A la necesidad de adaptación que la trepidante vida nos obliga. Cuando se va un abuelo, cuando se marcha una abuela, la mismísima tierra se abre ante tus pies, enterrando años y recuerdos delante de ti.

La muerte del pobre se parece muy poco a la del rico. Bueno, realmente la muerte se parece, pero ni de lejos el proceso previo ni el ritual posterior.

El año volvía a terminarse. Y es que así parecía que fuese. Un mismo relato contado incontables veces. Otra Nochevieja. Los días se parecen los unos a los otros, se intercambian entre sí. Cuando te resulta difícil recordar tu nombre, las semanas empiezan a ser demasiado raras para que resulten cómodas.

Las abuelitas solitarias se reúnen cada tarde en el porche acristalado de la casa; mecidas en la sobremesa televisiva, solo el paso de algún vehículo dominguero o una eventual visita consigue traerlas de vuelta de nuevo.

Parece un metro vacío, pero aquella niña sonríe mirando de un lado a otro de la estación. Sus calcetines largos y su vestido a juego (nunca sé qué va a juego con qué), sus canciones infantiles y ese continuo diálogo que mantiene con las paredes me hipnotiza por un momento.

Me montaba en el metro de mi ciudad por segunda vez en mi vida. La primera para mi padre, que me acompañaba. Yo bromeaba con él, por el hecho de que habíamos llegado a ver en vida un metropolitano en la ciudad y él recordaba con dolor que el abuelo no lo había podido ver. Pese a haber sido testigo desde su balcón de las faraónicas obras del suburbano.

Las navidades en casa del abuelo.

Había pocas cosas que le gustaran más al abuelo que el crepitar de los leños en la chimenea. Podía pasar horas observando cómo la madera se consumía en el sublime espectáculo del fuego. Pocas cosas más que regar un jardín, que trabajarlo día tras día, que hacerle la merienda a cualquiera de sus nietos.

A él le debo mi amor por el ferrocarril; nunca olvidaré el Talgo Virgen del Carmen que me regaló. Un Ibertren de la escala HO que sigue conmigo, y que fue el comienzo de la fascinación que hasta hoy mantengo hacia ese medio de transporte. Y hacia casa del abuelo iba ayer mismo en metro.

Dos meses después de comprarme la cámara de fotos de mi vida, compañera de trabajos, de proyectos, de fiestas e ilusiones; fui a enseñársela a él. Empezaba a descuidarse su cerebro a la hora de contarle ciertas cosas que acababan de pasar, pero gozaba de total autonomía para deambular por casa. Entonces me dijo, tras alabar mi nueva herramienta:

—Te voy a regalar una cámara. A lo que yo respondí que acababa de comprar una, que estaba muy cubierto en ese asunto. No obstante hizo caso omiso a mis palabras y salió del salón. La siguiente imagen que recuerdo fue la de él volviendo con una Polaroid 600, con la que décadas antes me había retratado. Antes de su marcha fue la última gran sorpresa que le dio a alguien muy falto de ellas.

Puedo pasear cerca de ti a cualquier hora. Aunque sabes que ya no voy  a la plaza tanto como antes.

Hoy vi a una nieta llorar desconsoladamente. Ni siquiera los terroríficos sonidos hidráulicos de la máquina que posicionaba el féretro de su abuela lograban acallar ese llanto que provenía desde su mismísima alma. Me dieron ganas de abrazarla, como hice con su tía una hora antes, y con su abuelo, a quien también dedico este esperpento.

Me vi a mí, te vi a ti, nos vi a todos ante ese momento con el que se fabrica el mal. Esa impotencia, ese “se acabó”, ese adiós sin réplica, ese temblor nervioso. Esa negación hacia la mismísima vida, esa rabia tonta, como si no supiéramos que ocurría.

Mientras, en los despachos, los abuelos son un estorbo, pero un buen saco de votos.

Dice la leyenda que los abueletes habitan por siempre las obras que sufrieron durante sus últimos años de vida, esas que les convirtieron en infierno la visita a la panadería, o la excursión a la “parada provisional” del autobús. Quizás por eso los mayores de 65 miran tanto las obras. Quizás no estén controlando a los peones, sino buscando su nuevo hogar.

[Precaución: cierto contenido erótico] Excitándote durante 7 kilómetros (y 100 metros)

Posted in Ich by El autor on 27/06/2014

Te montas en el bus. Va muy lleno, te sientas atrás, cerca de mí. Siento el impulso irrefrenable de rozarte, de rozar ese pelo cobrizo, y de lamer el frío metal de tus piercings. Ya me tienes en tu oreja, susurrándote al oído cuánto tiempo llevaba esperando algo así. Nadie se da cuenta. Mis labios atrapan el lóbulo perforado de tu oreja, y la traviesa y húmeda punta de mi músculo más capaz comienza a rozar tu pabellón auditivo. Lamo tu orejita de la forma más suave e inesperada, y puedo notar como tu respiración se acelera, más cuando mi mano se desliza por tu cuello en busca de tus pechos. Nadie se da cuenta.

Desciendo con mi boca hacia tu cuello, por fin lo tengo delante. Te beso. Mis labios están también húmedos, presos del ansia, del deseo; te beso y te muerdo levemente. Tu piel se eriza al sentir los primeros roces de mi lengua sobre ti. Tu respiración acelerada da paso a unos primeros e incontrolables jadeos que coinciden con el momento en que las yemas de mis dedos se posan sobre tu pecho, agarrándolo con las mismas dosis de delicadeza y firmeza. Sientes cómo te agarro y cómo mi lengua sigue recorriendo tu cuello y eso te puede, intentas relajarte pero ya es demasiado tarde. Tus músculos se tensan y es a ti a quien el ansia empieza a secuestrar. Nadie se da cuenta de nada. Hemos recorrido dos kilómetros ya y no más de 20 centímetros de tu piel: las cuentas no salen aún.

Vuelvo a tu orejita, vuelvo a susurrarte. Te susurro lo mucho que me excita dedicarme a tu placer, lo mucho que disfruto de cada poro de tu erizada piel, con el único objetivo de hacerte jadear con más intensidad, para dirigirme a tu boca y besar levemente la comisura de tus labios. Nadie se da cuenta, muerdo tu labio inferior, lo atrapo entre los míos, lo succiono dulcemente y nuestras bocas comienzan a fundirse en un largo beso. Nuestras lenguas se rozan por fin, se entrelazan tímidamente, como presentándose, y juegan juntas a esto del placer al tiempo que mi mano ya se ha deslizado bajo tu camiseta y está rozando tu pecho desnudo, tu pezón erizado, duro.

Sientes un escalofrío recorrerte desde la nuca hasta el coxis. Comienzas a notar cómo tu humedad es más que evidente. Me agarras del pelo con fuerza y me sacas de tu boca para decirme lo húmeda que estás. Eres una tramposa; por suerte siempre me gustaron las trampas, solo por la satisfacción de evadirlas. Pero quién querría escapar de esta trampa que lleva tu nombre. Nadie se da cuenta de nada y tú tomas mi mano y la deslizas por tu vientre. Abres tus piernas y la llevas entre ellas, bajo tu falda. Me miras con picardía y maldad y me muerdes la oreja. Me susurras:

—Esto es para ti.

Comienzo a rozar tu sexo sobre tu ropa interior, la humedad trasciende esa braguita de franquicia del encaje. No lo puedes evitar y te contoneas sobre tu asiento, jadeando en mi oído y sintiendo cómo mi otra mano juega en tu nuca, enterrando mis dedos en tu pelo y acercando tu boca de nuevo a la mia. Hemos recorrido 7 kilómetros.

La siguiente parada es la mía y no sé cómo decirte que me tengo que ir, que tengo que salir. Sigo en el asiento de la ventana y tú sigues en el de pasillo, contoneándote, mordiéndote el labio inferior completamente excitada. Con tu piel blanquecina, tu minifalda escocesa y perdiendo los papeles con ese Whatsapp que te está derritiendo por dentro. Y nadie se entera de nada a excepción mía, que he sido testigo de cómo te excitabas durante los últimos siete kilómetros y 100 metros.

Y yo… yo sin hacerte nada, y deseando hacértelo todo.

Siete millones de votantes no deberían equivocarse

Posted in Uncategorized by El autor on 02/05/2014

Joder, hoy tengo que escribir sobre todo esto. Poque si no, reviento. Sí, reviento.

Les hablaré de España en 2014. Intentaré. No pidan mucho al borracho. No pidan más que al sobrio, pues saben, el borracho nunca miente.

En el norte de África nos creemos el sur de Europa. Nos creemos civilizados, nos creemos del “viejo continente”. Nos creemos, sí, pero… ¿somos? ¿Realmente somos un continente moderno, civilizado y pudiente? Permítanme que me ría de todo eso cuando más de la mitad de los llamados a las urnas no votan y cuando lo hacen participan de un sistema tramposo que ni siquiera acaban de entender. Permítanme reírme de todo ello cuando mis compatriotas se manifiestan más por un equipo de fútbol que por sus derechos.

Qué tristeza que la mayoría de mis compatriotas no tenga ya no un nivel cultural decente sino un nivel de inquietud adecuado, una mínima cantidad de sangre en sus venas. ¿Cuántos titulados universitarios distinguen un “si no” de un “sino”? ¿Cuántos? Pocos. Dirán que exagero, y que tampoco es importante una correcta dicción. Soy bastante extremista para ciertas cosas.

Vivimos bajo el yugo de un sistema cruel controlado por mediocres herederos de una élite que busca la homogeneización y el amansamiento de la oposición. La homogeneización y el desánimo popular. Protesta, sí, pero en tu puta casa. Despotrica en Facebook, y en Twitter (pero bajito). Despotrica cuanto quieras pero que no se vea en la calle, que no se note mucho. Porque si protestas, puede que estés enalteciendo el terrorismo, puede que seas antidemocrático. Puede que seas incómodo a fin de cuentas. Y cuidado si crees en una alternativa, porque no tardarán en reírse de tu utópica perspectiva. Sobran demasiados bufones en esta corte.

Porque la mayoría absoluta en este país de casi 45 millones de habitantes cuesta un poco más de 7 millones de votos.

Porque somos subnormales y merecemos cada una de las cosas que nos pasen. Por anteponer nuestro iPhone a nuestros putos derechos. Porque manifestarse no sirve para nada; porque todos son iguales, porque da igual lo que hagamos… Por toda esa complacencia. Qué alegría formar parte del rebaño, qué calentitos estamos todos frotándonos lana con lana, balando juntos, al unísono, de forma coral. Qué alegría que duela más una injusticia deportiva que una social.

Les diré lo que le dije casi entre lágrimas a una encantadora funcionaria que me dijo: “tú que tienes idiomas y formación ¿por qué no te planteas marcharte?”… ¿Por qué tengo que ser yo el que deje mi país? ¿Por qué no son ellos los que tienen que abandonar esto por manipuladores, ladrones y traidores? ¿Por qué no huyen presos del pánico aquellos que han jugado con el futuro de toda una generación? ¿De verdad tengo yo que irme o tengo que coger por el pescuezo a todos los que viven como marqueses sabiendo que hay familias que mendigan alimentos a diario?

Me dió la razón asintiendo. Pero la mayor lacra de nuestra sociedad no son los cuatro bandidos que nos han robado la capacidad, la competencia y el futuro. La mayor lacra de este país y de muchos otros sois vosotros que creéis hasta la última palabra de todos ellos, hasta la última mentira. Y creéis que esto es una crisis, como una enfermedad, y que con el medicamento de la austeridad/hachazo saldremos de ella.

Que os cunda la puta recuperación, cómplices de la destrucción.

“Era muy sencillo desahogarse desde su columna semanal en el diario de tirada nacional, escrita desde una cómoda hamaca en un apartado paraíso fiscal.”

Uno entre 680.000 fans

Posted in Du und Ich, Uncategorized by El autor on 27/04/2014

Así me siento cuando te pienso. Me siento como uno más de los seiscientos mil que alguna vez te desearon hasta los tuétanos. Y es que es imposible no despojarse del alma de uno cuando se te tiene delante la primera vez.

Misteriosa, completamente desconocida. Recuerdo de unas risas y miradas compartidas. Ternura, empatía, absoluta dulzura. Humildad y una sonrisa y unos ojos que deslumbrarían a la luna.

No sabes el miedo que me daba marcar tu número, no tienes ni idea. No es fácil, de verdad. Me gustaría verte en ese papel.

No es fácil, no, esto de estar al otro lado del silencio. Pero el hecho de que todas las opciones posibles sigan ahí es cuanto menos apasionante.

Perdona mi insistencia, mi impaciencia… Soy demasiado dado a la intensidad y no soporto la incertidumbre. Pero de verdad, ya no insistiré más. Conseguiré perderte antes de ganarte.

Nunca antes de ahora había sentido este remolino interior ante la mirada de nadie. La risa nerviosa me invadía cuando me sonreías. No podría pasar de algo así ni siquiera bebido. No me perdonaría dejar pasar la oportunidad de seguir conociéndote. De saber hasta dónde me soportas, hasta dónde te revoluciono también yo.

Seré el 574.000, el pesado, el excéntrico, el encantador, el loco, el viejo, el charlatán, el culto. Sería cualquiera de esos 680.000 si consiguiera con eso volver a sorprenderte, volver a robarte la sonrisa, las palabras y algún minuto.

No voy a culpar a la primavera de esto, yo soy el único culpable de querer descubrirte y alegrarte los amaneceres.

Y no se me ha ocurrido mejor manera de contártelo que enseñándote mi blog.

Y es que, este amanecer de domingo también te pertenece un poco.

Si todo esto te aterra en lugar de conmoverte descuida, a mí me da más miedo que a ti.

Una laguna de 6,7 metros de profundidad

Posted in Uncategorized by El autor on 26/04/2014

Mediodía. Mediodía del tardío. Son las 15.00, o deben serlo. No sé dónde está mi reloj. Mi teléfono no ha sonado en toda la mañana, debe estar sin batería. Puedo saborear restos de tabaco, acohol y kebap. Me doy verdadero asco. Estoy desnudo. Estoy desnudo y abrazado a mi exmujer. ¿Cómo he llegado aquí? Duerme plácidamente, igual que cuando nos amábamos.

Bien, muchacho, ya sabes cómo funciona esto: todas las películas de robos supersofisticados y espías soviéticos te han enseñado a huir de una cama sin despertar a tu compañera. Es el momento de poner en práctica todos esos sutiles movimientos de serpiente y buscar tus pantalones.

Suelo ser muy ordenado, no me gusta dejar rastro y si no me equivoco debería encontrar mi cuaderno, mi bolígrafo, mis tarjetas de transporte, mi reloj, mis monedas y las llaves en algún rincón de la habitación. En el mejor de los casos, aún en mis pantalones.

Salgo de la cama. Acabo de pisar un preservativo. Lo siento, chicos: calle sin salida. Lamo mis dedos con la poca saliva que hay en mi lengua. Me froto los ojos. Ahora me pican más pero puedo ver con cierta claridad. Sigo sin recordar cómo he llegado aquí. Ni siquiera sé dónde estoy. Mi exmujer cambia de casa como de bragas; incluso más.

Le doy los buenos días a una mujer en el portal. Me mira con desprecio. Mi apariencia es lamentable. Creo que lo que más le molesta es el hedor a coño que emana de mi barba. Ese olor no se va con facilidad. Tampoco es fácil llegar a él pero ahí está. Espero no tener que saludar a nadie de camino a casa.

Ya sé donde estoy. Al menos estoy en mi ciudad. Camino hacia el oeste. Hay una estación de bicicletas cerca. Me veo con fuerzas. El paseo me despejará. Echo mano de la tarjeta bicicletera. Sale un pequeño cartoncito de mi bolsillo con el nombre de un garito y el número de una chica. Entiendo que es la relaciones públicas. No hay sitio para escribir más. Lo tiro en la primera papelera que encuentro.

Empiezan a llegar flashes de anoche. Intento encajar las piezas. Repaso la noche hora tras hora, paso tras paso. Recuerdo risas, conversaciones, reencuentros, mensajes tardíos. Me duele la cabeza, el esfuerzo es grande. Daría mi vida por unas gafas de sol.

Tengo lagunas de casi 7 metros de profundidad en las que nadan huérfanas mis conversaciones y andares de la noche anterior. Lagunas que ahogan besos, miradas y sonrisas. Lagunas con prohibición expresa de baño. Lagunas llenas de remolinos donde encallan mis recuerdos. Puede que mi cuaderno me ayude a reflotar algunos. No es una tarea sencilla. Cada uno de esos recuerdos hundidos yacen en el fondo de la laguna como algas carnívoras, esperando el despiste del submarinista. Cada uno de esos recuerdos podría atraparme y ahogarme.

Hay lagunas que es mejor mirar desde la orilla.

Sesenta y seis excusas para mi editor

Posted in Uncategorized by El autor on 25/03/2014

Decidí hacer un catálogo de frases para ofrecerle a mi editor en sus llamadas semanales. Eran una suerte de excusas, frases hechas y pasajes de mi cuaderno de notas (sí, lo estaba malacostumbrando con esa obra de arte).

Casi nunca me respondía mal, y nunca le oí renunciar a este proyecto. Pero me sabe mal saberlo tan brillante, y a mí tan vago.

Algunos ejemplos:

1. Es una mierda muy desagradable.

12. No creo que nadie quiera malgastar un minuto de su tiempo en leer esta porquería desordenada.

25. Ya sabes que no puedo trabajar bajo presión.

44. Son demasiado malas, de verdad.

20. En serio tío, iba a ser una historia sobre dos señores que se peleaban por los derechos de los antiguos pensionistas y los nuevos.

38. Se está convirtiendo en un funeral.

14. No he escrito nada nuevo, no…

51. Está haciendo muy mal tiempo, ¡qué quieres que te diga!

8. A ver, lee las que ya tienes y elige los dibujos.

27. Estoy haciendo otras cosas, ya sabes.

32. Nadie como yo quiere esa basura en la calle, pero ¿sabes? Aquí arriba ya no mando yo.

46. Imagina un museo en las obras de una infraestructura enorme, con décadas de construcción inacabadas. Pues ahí se desarrolla la…

65. Pero qué va, no sale. ¿Sabes? Ese capítulo parece una cabina. Se lo traga todo. ¡Jajajaja! ¿Nos convierte eso en una sociedad cabina? La gente traga con todo.

33. Ya sabes que la melancolía no ayuda.

17. “Mi problema con las mujeres es que cada día me vuelvo un poco más insoportable.” Y ya sabes que me gustan las mujeres. Exacto, son como la luz del sol para los poros de mi piel.

Un día se dió cuenta. Cometí el error imposible, el error tonto, el paródico… Leí el número que precedía a la excusa. Saltó la liebre. Como un presidente de gobierno inepto, leí fuera de mis propias acotaciones. No eran frases, ¡joder! De repente había descubierto todo el pastel.

Una lista ordenada de comentarios que mezclaba con la misma soltura con la que un teleoperador hipoteca a un abuelo con un producto que le perseguirá hasta el subsuelo.

No se lo tomó del todo bien, claro, pero supo valorar el esfuerzo previo. Vino expresamente a casa para ver la lista con sus propios ojos. Trajo cerveza y pistachos. Adoraba las tardes con mi editor.

Eran señal de que escribía.

Commodore 64

Posted in Entorno social y su evolución histórica, Pablo by El autor on 27/01/2013

Nunca olvidaré aquel juego mítico de cinta, jugable bajo Commodore 64:

“Allá donde el sol nunca se pone, en el efervescente Al-Andalus, controlado por el Gran Griñán, maestro de Eres; tú serás un miembro de su casta y tu largo esfuerzo y sacrificio serán reconocidos, previo monstruo final, con los “te quiero” de su también casta hija”.

Nunca vi peor contraportada para un videojuego. Y resulta que al final ni príncipes ni dragones, a veces reyes de dialéctica inflamable, y mucha burocracia medieval. No creas joven lector que jugabas cuando tú querías: no. La cinta debía ser reproducida.

Sí, niños. Ni Internet, ni deuvedés, ni disquetes. ¡Cintas! Las únicas cintas que podéis usar hoy están en el gimnasio o en algunos aeropuertos y estaciones.

Había muchas cosas que ya no volverán en bastante tiempo. También es curioso que mientras algunas cosas se marchan para siempre, otras no hacen más que volver a ti. El vómito es una de ellas. Y no os mentiré jóvenes lectores: estos días están siendo de náusea.

El agua se compra y se vende, jóvenes lectores, pero hubo un momento en que el líquido elemento se consideraba un derecho innato al ser vivo.

Nos reuníamos a espaldas de los mayores para conectar las máquinas que nos hacían felices. Los mejores gráficos, los mejores guiones, los cuelgues y los “records”. Joder, chavales, antaño los juegos (de máquinas o tablero) molaban mucho más. Había más ganas de hacer historia que de hacer caja. Antes, los videojuegos habían de poderte sorprender durante más de una hora. Ahora la mayoría de las aplicaciones a las que la gente juega a todas horas no suponen más que una concatenación de pequeños impulsos y sensaciones que se iteran in crescendo en frecuencia y dificultad.

Eres un ingeniero, poniendo a prueba a toda una camada de bebés panda robóticos. Algo falla en el maldito laboratorio de nanorobótica molecular y los bichos se mosquean.

Los recreativos están en nuestro propio bolsillo. Nos han hecho unos “jugones”, unos apostadores al fin y al cabo. Todos los días esos mutantes pasean su miseria por la ciudad, el lobby de la pena, la lástima, la condescendencia. Esos ciegos venden la ilusión, como si la ilusión pudiera comprarse, como si tuviera precio.

Digamos que desde Eurovegas no creo que el azar sea la industria que necesitamos.

Juegos viejos. Juegos de personas.

Cinco

Posted in Du und Ich, Ich by El autor on 19/01/2010

La rima cruel, los dedos de Dios. El número máximo de horas que puedes dormir al lado de la persona que te atrae infinitamente sin tratar de hacerle el amor. También son las veces que he tratado de comenzar este texto y, por extensión, actualizar regularmente un blog.

No estoy hecho para la rutina, lo siento, no valgo para un “de ocho a tres”. Aunque puedo hacerlo, quede constancia, pero si puedo evitarlo, lo evito. Hoy por ejemplo, mi jornada laboral empezó pasadas las 22 horas, y aún cuando perfilo estas líneas, 04:30 a.m., no ha terminado.

Si hay un patrón que no falla a la hora de buscar pareja es el coche de tu madre. Si ella/el tiene un coche del mismo color y modelo que tu madre, que no se te escape. A la hora de buscar una madre para nuestros hijos, en cambio, no debemos fijarnos en cosas tan superficiales como un modelo de coche…

Cómo encontrar a la madre de sus hijos:

No la busque, aparecerá ella sola.Es más sencillo por tanto que preparar un buen café. Si aún así la respuesta no le convence e insiste en buscarla, atienda a estos aspectos:

La madre de sus hijos no puede cansarle la vista, debe hacer justo lo contrario. Sus ojos, por tanto, han de ser aquellos que lleven su vista al infinito (o más allá). Si usted una mañana se cansa de mirar esos ojos, esos hijos no son suyos, pues ella no es la madre de sus hijos.

La madre de sus hijos jamás le hará daño.

Seguramente digan palabras al unísono sin entender muy bien por qué; no tema, eso se llama sinapsis sincrónica y no la recoge ningún libro de Ciencias aún. Simplemente tienen el modo inalámbrico conectado.

Una vez usted la encuentre, no se preocupe, en ese momento todo se irá al carajo. Porque si hay algo que no falla a la hora de medir la consecución de un objetivo es el siguiente estado de disonancia que nos invade. Las dudas y el terror a lo cotidiano. Sí, el terror al desgaste, al traspiés, al paso en falso, al error y al dolor. A eso, y a no pocas cosas más, es a lo que nos enfrentamos cuando los planes salen bien. Pero cuando nada tiene que ver con un plan y todo lo que ocurre es puro azar, atracción y química, entonces las probabilidades se multiplican en progresión geométrica.

¿La solución? El hurto. Robar ideas, valores y situaciones. Robar chistes y expresiones es el mejor antídoto para olvidar nuestros temores. ¿Debo recordarles que los gansos heredarán la tierra?

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