Se puede ser más estúpido

El antro de la Avenida 59

Publicado en Ich por Juanjo Álvarez en 08/09/2011

Allí estaba otra vez. Conectando su pequeña computadora portátil al videoproyector de la sala; esperando que todo fuera bien, que ningún cable se hubiese partido interiormente en mil pedazos.

Técnico audiovisual: la persona que más veces ve romperse un cable, o un hilo, o algo; y más veces ha conseguido empalmarlo, pegarlo, coserlo o simplemente repararlo.

Nadie sabía quién era el dueño de aquel garito. Nadie lo sabía y a nadie le importaba. Todos los clientes se habrían cruzado con él o ella en algún momento de cualquier noche pero ninguno de aquellos habría sido capaz nunca de reconocerle.

Y en medio de aquel lugar, ese señor con una bolsa llena de comida para reptiles.

Lo bueno de aquel agujero negro de la sociedad es que nadie iba a hacer extraños juicios acerca del contenido de tu bolsa (ni siquiera el portero) y también que tenían un proyector robado al multicines de la estación, con una resolución y un brillo asombrosos.

Y allí estaba, arrancando su máquina, rezando porque cualquiera de los trastornos de personalidad de su sistema operativo no saliera a la luz aquella noche.

Todo iba bien: había arrancado y la conexión con el proyector se había llevado a cabo con total normalidad. Podía ver aquella fotografía que hacía las veces de tapiz de escritorio como nunca la había visto. El software de realización de vídeo en directo también se había iniciado y los clips se veían a resolución “yelmo”.

¿Qué pasa cuando se va la luz en un pub con la noche muy avanzada? Puede resultar misterioso, divertido y terrorífico a la vez. Cuando tienes todas tus herramientas de trabajo, entre las que se encuentran dispositivos de precisión… TERROR. Cuando estás ebrio, celebrando el cumpleaños de un amigo y se te ha olvidado hasta la cara de tu jefe… diversión. Cuando tienes una bolsa llena de comida para reptiles y el dueño del bar esconde reptiles mutantes arriba… misterio.

Ningún miembro de la policía científica descubrió jamás el por qué de aquella orgía de sangre, pues la única prueba encontrada en la escena del crimen fue la etiqueta de un bote de comida para tortugas. Todo el mundo sabe que las tortugas no se alimentan de carne humana. No hasta ahora.

Como tantas otras cosas en la ciudad, el local en que se localizaba aquel antro sigue cerrado, y no parece que vuelvan a abrirlo en mucho tiempo. Es un perfecto y gratuito tablón de anuncios donde los carteles de los circos tapan a los de las folclóricas, y estos a su vez ocultan los festivales de música electrónica. Aquella vieja fachada de cine, de teatro, de bar y purgatorio. Aquella vieja fachada en la que aún hoy se trafica con drogas y besos.

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Una respuesta

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  1. Cristina Duncan said, on 08/09/2011 at 17:01

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