El Nespresso de las 6:00
Tarde o temprano tenía que ocurrir. Tras la privatización de las loterías, el servicio de correos, telefónica y la sanidad pública, solo el ferrocarril seguía perteneciendo a todos los ciudadanos.
Al principio no gustó a nadie que Nestlé adquiriera todos los caminos de hierro que durante siglos supusieron el avance y progreso de toda una sociedad, pero la verdad es que ese constante aroma a café recién hecho sepultó pronto las duras críticas.
Un servicio muy cuidado, con atención personalizada y todo tipo de atenciones distinguían al nuevo servicio ferroviario de la cafetera que con la promoción de sus productos y una política de precios muy agresiva pronto se ganó el respeto y el cariño de sus antiguos detractores, al tiempo que consiguió desesperar al consejo de administración de más de una aerolínea.
Y allí estaba el árbitro de una de las primeras batallas en la guerra de precios entre el tren y el avión, a las seis menos cinco de la mañana en el patio de andenes, junto a la vía 3. Se trataba de un señor elegante, un personaje peculiar ataviado con una larga gabardina y sombrero. Miraba su reloj y lo comparaba con el de la estación para comprobar su precisión y la realmente asombrosa puntualidad del ferrocarril.
No era sencillo cumplir los horarios tras la privatización: los frecuentes sabotajes se unían a los numerosos cortes de suministro en la red eléctrica, lo que hacían del trabajo antes sencillo y monótono un reto constante que obligaba a estar siempre alerta.
A las seis entró en la estación el Nespresso, produciéndose el circuito de siempre, con un montón de pasajeros bajando del convoy y otro montón de ellos subiendo. Intercambio de humos, gritos y el tránsito de toda clase de mercancías en un lapso de tiempo nunca mayor a dos minutos y medio. La estación se transformaba radicalmente, pasando de ser un desierto de metal y cemento a ser toda una ciudad teatral, con todos los actores en la escena.
El pajarero, la monja, los niños traviesos, el artista con sus grandes maletas; el revisor, la taquillera y aquellas señoras insoportables. Todos ellos y muchos más compartían espacio y tiempo durante esa breve parada del tren, que una vez hubo cargado, salió de la estación como alma que llevan los demonios.
El conflicto entre aviones y trenes estaba más que justificado. Los pilotos de las aeronaves tenían prohibido el consumo de café desde que la cafetera adquiriera los trenes del Estado. Algunos vieron en esta medida un simple berrinche de las aerolíneas y de los socios fundadores de estas, en guerra abierta con los ferrocarriles desde que decidieran proyectar películas de catástrofes aeronáuticas en los trayectos de media y larga distancia.
Fue la gota que colmó la taza de esos ejecutivos agresivos. Tazas llenas de odio, envidia y dependencia a la cafeína, a la que habían abandonado como medida de presión al único productor de café del planeta: su nueva competencia. Podían soportar que copiaran su modelo de negocio online, las restricciones y controles de seguridad abusivos, el modelo comercial de sus aeropuertos… Pero desprestigiar a la industria de por sí más segura a través del cine… eso superaba cualquier artimaña esperada.
Es un verdadero misterio que aquel tren entrara en el túnel de la frontera a las 6:17 y que jamás llegara a la otra boca del tubo. ¿Cómo era posible que comenzaran a desaparecer los Nespresso de las seis en punto?
Que desapareciera siempre el Nespresso de las seis en punto era cuanto menos curioso. No era un tren que llevara demasiado tráfico, pero sí era el tren que tradicionalmente se relacionaba con el amanecer, despertar de una nueva jornada y cómo no, el primer café.
Definitivamente alguien o algo había conseguido atacar a Nestlé donde más le dolía: en el “buenos días”.
El antro de la Avenida 59
Allí estaba otra vez. Conectando su pequeña computadora portátil al videoproyector de la sala; esperando que todo fuera bien, que ningún cable se hubiese partido interiormente en mil pedazos.
Técnico audiovisual: la persona que más veces ve romperse un cable, o un hilo, o algo; y más veces ha conseguido empalmarlo, pegarlo, coserlo o simplemente repararlo.
Nadie sabía quién era el dueño de aquel garito. Nadie lo sabía y a nadie le importaba. Todos los clientes se habrían cruzado con él o ella en algún momento de cualquier noche pero ninguno de aquellos habría sido capaz nunca de reconocerle.
Y en medio de aquel lugar, ese señor con una bolsa llena de comida para reptiles.
Lo bueno de aquel agujero negro de la sociedad es que nadie iba a hacer extraños juicios acerca del contenido de tu bolsa (ni siquiera el portero) y también que tenían un proyector robado al multicines de la estación, con una resolución y un brillo asombrosos.
Y allí estaba, arrancando su máquina, rezando porque cualquiera de los trastornos de personalidad de su sistema operativo no saliera a la luz aquella noche.
Todo iba bien: había arrancado y la conexión con el proyector se había llevado a cabo con total normalidad. Podía ver aquella fotografía que hacía las veces de tapiz de escritorio como nunca la había visto. El software de realización de vídeo en directo también se había iniciado y los clips se veían a resolución “yelmo”.
¿Qué pasa cuando se va la luz en un pub con la noche muy avanzada? Puede resultar misterioso, divertido y terrorífico a la vez. Cuando tienes todas tus herramientas de trabajo, entre las que se encuentran dispositivos de precisión… TERROR. Cuando estás ebrio, celebrando el cumpleaños de un amigo y se te ha olvidado hasta la cara de tu jefe… diversión. Cuando tienes una bolsa llena de comida para reptiles y el dueño del bar esconde reptiles mutantes arriba… misterio.
Ningún miembro de la policía científica descubrió jamás el por qué de aquella orgía de sangre, pues la única prueba encontrada en la escena del crimen fue la etiqueta de un bote de comida para tortugas. Todo el mundo sabe que las tortugas no se alimentan de carne humana. No hasta ahora.
Como tantas otras cosas en la ciudad, el local en que se localizaba aquel antro sigue cerrado, y no parece que vuelvan a abrirlo en mucho tiempo. Es un perfecto y gratuito tablón de anuncios donde los carteles de los circos tapan a los de las folclóricas, y estos a su vez ocultan los festivales de música electrónica. Aquella vieja fachada de cine, de teatro, de bar y purgatorio. Aquella vieja fachada en la que aún hoy se trafica con drogas y besos.
Entre el quinto y el octavo
“Hay demasiados gritos entre la quinta y la octava planta de este edificio. Demasiados perros y demasiados niños. Hay demasiada gente para este ascensor.”
La nota, escrita a máquina, podía leerse en el pequeño espejo del elevador.
Jacobo, el portero, la arrancó nada más leerla. No tenía duda alguna acerca de la autoría de la misiva. Era obra, de seguro, del anciano cascarrabias del sexto. El mismo que denunció a la vecina del tercero por colgar los tangas en el tendedero exterior. El mismo que no vaciló al llamar a la policía para avisar de que había un impostor repartiendo cartas en los buzones…
El mismo viejo que fumaba desnudo en la terraza y escupía sobre las plantas de los vecinos, y derramaba el suficiente líquido para cortocircuitar las máquinas de aire acondicionado de todo el inmueble.
El mismo que, justo antes de matarle, susurró en su oído: “Aquí el que realmente sobra es el portero”.
La habitación de las 57 regletas
En la habitación de las 57 regletas, las mesitas de noche se apilan. se convierten así en cajoneras muy útiles en las que pueden guardarse desde golosinas a viejos teléfonos móviles reconvertidos en pequeños e individuales transistores. En este sentido cabe destacar el gracioso instante en que la charla se convierte en mero pasatiempo, justo antes del comienzo de cualquier programa radiofónico que resulte de interés.
En la habitación de las 57 regletas conviven tecnoadictos, con un montón de cachivaches que requerirían, de estar todos activados a la vez, un total de 286 enchufes. ¿Exagerado? Cuenten cuántos aparatos eléctricos utilizan en sus casas y hagan la cuenta.
Buenas noches.
555 cafés después (antes… 55)
Después de quinientos cincuenta y cincos cafés no querría saludar a nadie.
Están ante un texto moderno por tanto, incluso nervioso. Seguro Improvisado. Eso siempre gusta: sonando catalán, queriendo aprender euskera y bebiendo irlandés…
Solo hay 3 tipos de chinos: los de gominola, los de rollito y los de “devedé”. Los 3 te solucionan la vida de igual forma: rápida, absurda y eficazmente.
Tengo mucho más en mi libreta sobre los 55 días sin carnet de conducir. No obstante esta circunstancia me hizo aquella noche del 5 del 5 del 11 llegar bastante tarde y agotado a casa. El despertar más duro de la semana y la recompensa de poder darle los buenos días a este nada concurrido día junto a mi propio y exclusivo superhéroe: mi padre.
Después de 555 cafés, dos seres humanos siempre se mirarán de forma diferente. Más si cabe cuando el café está caliente.
A 53 pasos de aquella terraza
“Ya no recuerdo la hora exacta en la que este escrito empezó a tomar forma. Pero sí recuerdo que fue frente a aquella terraza de verano, en aquel invierno enfermizo.
Suelo padecer aquello que podríamos llamar dependencia a la soledad vigilada. Me siento muy cómodo a 53 pasos de la gente, del ruido, de las conversaciones vacías. Sí, es ahí donde estoy bien, donde me siento agusto. En mi soledad vigilada, con el mar detrás, y observando cauto todo aquello que acontece.
En ese momento, cuando descubres lo insignificante que es tu existencia, la de todos, decides volver a mezclarte con la muchedumbre, restando importancia a lo insustancial de sus conversaciones e intentando dejar un poco de dignidad y respeto a tu paso.”
[extracto de la última nota firmada por Julian Assange encontrada en Rinvón de la Cictoria]
Aquella era la peor ciudad del término municipal, con diferencia. Llena de piratas, de parados y taxistas. ¿Quién querría ser alcalde de un sitio así? Cualquier analfabeto, pensarán. Y están en lo cierto. El alcalde de aquel lugar era un señor con un cono de cartón como sombrero.
Y ese pueblo no sería remotamente interesante para ninguno de ustedes, ni siquiera para mí, si no fuera porque tengo que hacer cumplir en él la dichosa “ley antitabaco”.
Me llamo Felipe y soy uno más de los sabuesos de la cortina de humo. Alguien empezó a llamarnos así por la nube tóxica que debemos atravesar cada vez que entramos en un establecimiento para ver si, en efecto, se cumple la normativa.
Me llamo Felipe y estoy respirando más suciedad que durante todo el tiempo que trabajé haciendo inspecciones técnicas de vehículos. Cambié industria por sanidad: “cambio de aires” me decían amigos y familiares. Me acuerdo de todos ellos ahora que soy de los pocos que sigue llegando a casa oliendo a infernal cigarrillo.
52 naranjas que huelen a abuela
Y es cierto. Nadie usa los guantes de plástico que nos facilitan en el supermercado para coger la fruta. La gente prefiere tocarla, manosearla, catarla con sus propios dedos antes de meterla en el frigorífico para que se pudra. Sí, la gente es muy escrupulosa con la fruta y luego la deja pudrir en su propia cocina.
Porque la fruta que rechazan nuestras abuelas, esa que no es del todo de su agrado, es la que debemos consumir nosotros, es la madura, la rica, la jugosa.
Me siento incapaz de escribir nada que les resulte gracioso, estimada e impagable audiencia. Es por ello que no escribo, pero han de saber que sigo aquí. Ahora tengo un trabajo, y tengo algo parecido a una pareja, también tengo familia y todo ello me ocupa más horas de las que querría.
Podría contarles un montón de historias, pero puede que no sea el momento. Puedo recomendarles en cambio un montón de cosas para hacer en este crudo invierno:
- Amen todo lo que tienen cerca, todo lo que al despertar les sigue vinculando a su persona.
- Abríguense.
- No duden en protestar, en quejarse, en molestar siempre que algo no les parezca correcto.
Puede que con esos tres consejos no puedan superar un invierno, CIERTO, pero les aseguro que les ayudarán a morir con algo de dignidad.
De verdad, no son los mejores días de mi vida, y deberían serlo, pero nada es fácil, y mi inspiración ha estado lejos de mí. Ahora está cerca y tampoco ayuda mucho. No obstante les tranquilizaré: escribo mucho en mi libreta y cualquier día leerán un “53″ lleno de genialidades. No pienso cumplir esos 10 días que me propuse como límite para escribir en 2010. No porque nada de lo que me propuse en 2010 me salió bien.
Miento, algunas cosas sí salieron bien.
Cuando vayan al supermercado, elijan las naranjas que huelen a abuela.




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